31 mar. 2008

SOBRE EL AMOR ,LA LOCURA Y LA MUERTE

_SOBRE EL AMOR LA LOCURA Y LA MUERTE_
ALFREDO MOFFATT Entrevista de HORACIO GONZÁLEZ Revista de la Provincia de Santa Fe

Pasaron más de veinte años, creo que veinticinco, desde que nos conocimos en aquel viaje de vuelta en el tren boliviano. Me gustaría ponerte frente a ese lapso de tiempo, lo suficientemente extenso como para justificar la obviedad de un pequeño balance...
Bueno, siempre fui un "bordero"... Empezamos con "Foto Vicente".
—Me acuerdo perfectamente.
—Fue en el '63, uno de los hitos del trabajo so­cial. Y desde esa época... Vos también, ¿no?
—Si, yo siempre digo que me inicié con vos, y de algún modo sigo fiel a esa experiencia de los bordes, con otros lenguajes, acaso...
—Bueno, pensando en mi caso, lo cierto que desde esa época fui un investigador del borde. Seguramente lo fui desde los 5 años. Iba a bailar de chico con los crotos y los linyeras. Me parecían, como me siguen pareciendo ahora, los últimos gauchos atrapados en el cemento. Primero fueron atrapados por el alambre, por las alambradas. Y ahora por el cemento. Vos los ves, y tienen aspecto de gauchos. No difieren del aspecto con el que se describía Fierro al volver del fortín. Harapiento, en bolas casi... el mismo lo dice. Y fui siguiendo a lo largo de mi vida esa milagrería, esa imaginería. Los encontré en el Hospicio y también fui a buscarlos lejos, en el Amazonas, por Cuzco, en el Machu Pichu. Después fui a buscar pobres en Nueva York. Allí se encuentran muchos pobres feroces, con drogas.
—Entre los gauchos rurales, como lo deja claro su versión literaria, y los "últimos gau­chos" de la ciudad, existen diferencias evidentes, entra otras, que estos no logran crear y preservar una cultura asociativa permanente o una transmisión efectiva de valores.
—Si, los pobres urbanos están expuestos a la locura. Los pobres del Amazonas, en las áreas donde se asientan los "caboclos", o en el Perú, son pobres dignos, parecidos a la tierra, con un mimetismo inclusive cromático, que te da la visión de una sociedad más ecológica. En cambio en la ciudad, el pobre es pobre porque sufre un proceso de degradación. Es basura, o un equivalente del desperdicio urbano. En las grandes áreas rura­les, la pobreza no es de desperdicio, mientras que en la ciudad, la pobreza actúa como un basurero. En ese basurero esta la "suciedad" que se ofrece como contraste con la limpieza "cuerpos y de ide­as", en el sentido de que en esta ultima no hay dramaticidad. Precisamente, lo que a mi juicio me atrajo de la marginalidad y la pobreza, es la dramaticidad. Esa dramaticidad de la pobreza me permite afirmar que allí encontramos testimonios de vida más verdaderos, más profundos. Cuando estamos más cerca de situaciones extremas, aumenta la dramaticidad y con ella, las experiencias irreversiblemente veraces: el dolor, la pérdida, la muerte. Todo folklore tiene ese basamento de dolor. El "blues" americano, el tango, son expresiones en las que la pobreza no impide la experiencia dramática. La cuestión es ver cuando la degradación de la pobreza clausura la posibilidad de narrar, impide la dramaturgia. Sin embargo, lo más importante que percibo de este interés mío por la dramaturgia de la pobreza, es que no lo hago por generosidad. Pero tampoco por enfermedad. Mi amor no es morboso ni perverso, pero como todo amor, no es ni puede ser un simple sinónimo de la generosidad. Si busco las formas más fuertes de la vida, las más testimoniales. Las mas expuestas a la forma dramática, eso no puede ser mas que una actividad que me da placer.
—Quizás se pueda decir que no hay amor efectivo si uno no se expone a convertirse en un aprovechador. Eso, a la larga, daría mas garantías que un bondadoso actor terapéutico, que no sea capaz de contener a una especie de arlequín, que al buscar placer en el trabajo con los que sufren, también él sufre. La esta permitido ese placer porque sabe encarnar el sufrimiento. De ahí el arlequín...
—Bueno, pero a mí me da la impresión que no hay ese sentido arlequinesco en Io que hago con las clases populares. Allí establezco juegos cómplices.
—Bueno, a eso iba, el caso del estudioso seducido por aquello que estudia. Sólo puede hablar de las otras vidas, aquel que establece el lazo encantado del comediante, del que quiere comprender y acaba entregado a aque­llo que quería estudiar.
—No, creo que es al revés. Yo me hice estudio­so para poder justificar un interés que previamente existía en mi disposición de vida.
—Pero de un modo u otro, parece que podríamos decir que nadie estudia algo sin que ese algo ya este dado en su conciencia previa, o en su experiencia vivida.
—Si, en el sentido de que solo hay conocimiento por medio de lo que podríamos llamar una cercanía intensa Pero, de todas maneras, esa identificación con Io que se estudia, se hace más evidente cuando sos un exiliado de tu propia clase. Uno va a otra clase porque le divierte más. Te vas con los piratas porque te resultan más divertidos. Yo no pude soportar a las personas normales. Me aburren tanto! Pero tampoco me divierte vivir en estas condiciones de ascetismo... croteril. Claro que me gustaría tener una casa linda y todo eso, pero el precio que hay que pagar es aguantar a los nor­males. Porque los normales tienen plata.­ Los más humanos, digamos así, no tienen plata. O te po­nes a ganar guita o ganas emociones. Es una opción...
-¿No hay un humanismo de raíz evangélica en esto? Se asume la vida de aquellos a los que dedicas tus esfuerzos, con muy pequeñas variaciones: sea vivir apenas un poquito mejor, sea vivir incluso en peores condiciones que los pobres-proféticos por los que optaste, el modelo siempre es el del pobre dramaturgo despojado de bienes y protecciones.
—Vuelvo a decirte. En el trabajo social con los pobres, sólo después te volvés generoso. Pero el motivo original mío no fue la generosidad. Fue la búsqueda de mayores estímulos para la vida. Una búsqueda de intensidad de vida...
—Está claro. No sos el ingenuo generoso, que en el planteo evangélico convencional, puede esconder allí sus perversiones. Pero esa desconfianza en la generosidad debe considerarse en relación a tu ascetismo. Estas viviendo ahora en condiciones muy duras. Sos el asceta que emplea constantemente una pedagogía basada en una suerte de histrionismo maligno, o cuanto menos, travieso: "Te crees que porque soy asceta me convierto en un gil?
—La ventaja es tener interacciones más intensas. No veo el ascetismo como una ventaja evangélica, como decís vos, sino un atributo para los contactos más emocionantes. Lo hago para no aburrirme, como te dije. Después te viene cariño. Y después, como los ves mal, te pones a arreglarle la vida, o hacer cosas para que ellos se la arreglen. Las orillas son orillas sufrientes y creativas. Los que se dedican a hacer plata están distraídos con eso y, primero, no se dan cuenta que existen. Y después, tienen una idea del dolor sin dimensiones colectivas. Por eso no pueden fabricar folklo­re. Folklore fabrica el que sufre para uso del otro. Toda situación profunda. tiene que ver con poblaciones en estado de necesidad. De la gente satisfecha, no sale una estética vinculada al sentido profundo de la existencia, lo que vendría a ser la vista desde la muerte o el amor visto desde la soledad. Por eso, el ascetismo es emocionante, por­que te permite una relación con el sufrimiento creativo...
—Pero en tu caso, también estas pensando en un sufrimiento más social, si podemos expresarnos así. Un sufrimiento de los de abajo, por causas reconocibles en el funcionamiento de las sociedades.
—Quería insistir de que el primer movimiento de acercamiento a los pobres no es el de la bondad. No es que estabas contento donde estabas y te acercas para dar una mano. Estabas aburrido donde estabas. Si se quiere, ese aburrimiento es un tipo de sufrimiento de una raíz distinta al sufrimiento social. Entonces, buscaste a los marginales, los locos, los pibes de la calles, porque descubriste que están más vivos que los otros. Esta más estirado su sentimiento de existencia: vida, muerte, sexo, locura, placer.
—Entonces, los que más sufren, también son los que están más aptos para comprender los grandes sentimientos de la vida. Hay aquí un eco, que sin dar muchas vueltas, nos acerca ciertas voces kierkegardianas. De modo que si se trata de no aburrirse con ellos, también se trata de que si se los quiere redimir, solo se puede hacerlo reconociendo lo que ellos tienen, no solo de testimonio de un desarreglo social sino de una vivacidad existencial.
—Bueno, yo los considero, antes que como creadores, como gente menos adormecida. Cierto confort adormece el sentimiento de existencia. Pero mucha brutalidad también adormece. En el fondo de una cárcel o de un manicomio, los chicos de la calle, después de unos años, están adormecidos también. Pero hay un espacio en donde encontramos el folklore, que coincide con las existencias que al sufrir, se reconocen en las obras de la cultura. Encontramos el expresionismo alemán, el propio surrealismo, tanto como el blues, la zamba, todo lo relacionado con el carnaval brasilero, que viene del morro... En ese sentido, mi opción por los pobres tiene un aspecto de búsqueda de una vida más intensa y otro aspecto reparatorio. Ahí sí, con esa dialéctica de la generosidad. Soy generoso "después". Ese pudo no haber sido el punto de partida...
—Pero vinculándolo a las situaciones místicas, o en las cuales hay cierto misticismo en el trabajo con terapias alternativas. ¿Cómo considerarías tu caso? ¿Aceptarías que hay un camino profético?
—Mi camino profético fijate vos, es más parecido a la Armada Brancaleone. Una corte de milagros divertida. En cambio Jesús es mas serio. Yo prefiero algo más cercano al maestro Zen. Se burla, actúa bufonescamente. Esta en otro espacio y todos saben que esta en otro espacio, aunque se muestre borracho. Si hace eso es porque esta explorando otra forma o porque esta declarando que en ultima instancia nada tiene sentido. Pero incluso eso, esta dicho con un sentido que siempre se sitúa en otro plano, donde hay otro sentido, después de quedar relativizados los demás sentidos. Entonces se abre al instante, valiendo solo para ese instante. Se toma en serio que no hay na­da serio. Por eso el impacto que me hizo Pichón Rivière. Pichón era una persona que tenia la virtud de lo desconcertante, en el sentido Zen. Podía recorrer todo el arco que va de una piecita en un recreo del Tigre hasta un departamento en la Avenida Libertador, y en todos lados estaba en su espa­cio. Su amplitud para la interacción era la máxima posible. Una vez me dijo: "¿Vos sabes que el concepto de angustia en Heidegger lo entendí realmente trabajando con un grupo de boxeadores en el Luna Park?". Hay allí una inminencia de la muer­te. Eso puede sentirse en forma contenida en cualquier combate de box. Pichón pudo ser el fundador de la Asociación Psicoanalítica Argentina y confesar que la primera noticia que tuvo de Freud es un libro que le dio el portero del prostíbulo de Goya, en Corrientes, como un libro cercano a la pornografía. Un libro "verde"... Ahora el psicoanálisis ya perdió ese escándalo. Pichón juntaba los mundos que no se juntan. Típico de los maestros Zen. Si ibas a la casa, podías encontrarlo pintando de negro un inodoro y diciendo después "la mente de los psiquiatras organicistas es negra". Eran ensayos para descubrir relaciones...
—El maestro Zen combina mundos habitualmente separados pero al mismo tiempo se apoya en el poder del instante.
—Es la revelación, el "satori". Es un "eureka. Me acuerdo que Pichón tenía también contestaciones desde la cordura total y desde la locura. Te podía hablar términos del lenguaje esquizofrénico que no es ni verbal ni gestual, sino a través de actos como mover un objeto. La modificación es la respuesta. Un loco tiene semantizado los lugares. Hay mensajes en los objetos. Es un lenguaje muy primitivo, que es el del bebe, del nene. Los obje­tos son metáforas. Decís "sed de saber" y te da un vaso de agua. Pichón tenía eso. Me fascinaba
—Si cada objeto es una metáfora, el mundo también podría volverse insoportable, pues cada cosa estaría obligada a perder su propiedad. Además, nunca sabrías si está usando cada referencia como metáfora o literalmente...
—Bueno, en ese caso hay un guiño. Hay un avi­so casi imperceptible, pero que te alerta de que viene la metáfora. El loco, en cambio, es incapaz de ese aviso. No puede mover los objetos, necesita fijarlos. La casa del esquizofrénico, es aquella con sus objetos fijos, llenos de polvo, imposibles de mover, y entre ellos un caminito que puede romper esa atemporalidad. En Pichón, en cambio, no hay ni objetos inertes ni metáforas obligatorias. Pero su método era difícil de aceptar por su situación absolutamente marginal. A Pichón se lo quiso internar. Goldemberg le hizo un diagnóstico de demencia senil, lo cual le dio mucha bronca. Goldem­berg es un psiquiatra... todo un empresario. Un tipo grandote. Parece un empresario de la siderurgia, una cosa así. Y Pichón nunca sabias si era un linyera bien vestido o un conde venido a menos. No se entendía bien. Tomaba cerveza con ginebra y a veces, se daba también, con alguna cosita. Pertenecía a un mundo oniroide, que también había estudiado, el mundo de la noche, de los trasnochadores. Un mundo de marginales que sale a explorar el inconsciente colectivo. Fue el único maestro que reconocí. Una vez me dijo "Vos te preocupas mucho con la hora". Lo había ido a despedir a un viaje a Tucumán. "Prestame el reloj", me dijo. Un reloj que yo tenía hacia 18 años. Nunca más me lo devolvió. Vaya a saber que hizo con él. Pero yo por tres meses no necesité usar el reloj. El control horario lo había puesto en Pichón y él con una frase me indujo que lo dejara por su cuenta, a su estilo. Era un marginal y después se transformó en una especie de San Martín del Psicoanálisis. Lo broncearon y se desdibujaron esas características que lo hacían justamente imitable. Ahora se convirtió en inimitable. Pichón era imitable con solo que vos te dejaras ir en tus aspectos más regresivos, marginales y profundos. Ahí ya lo estabas imitando. Pensá en lo que tal vez haya sido Jesús. Lo que le gustaba era multiplicar panes, dar de comer, hacer algún milagro... yo que sé, caminar por el agua de vez en cuando. Esa fue su vida. Estar clavado en la cruz fue un ultimo episodio, y sin embar­go, conservamos exclusivamente esa imagen, lo que lo hace inimitable.
—Bueno, pero hay toda una teología que postula un Jesús incorporado en el presente de cada uno... las teologías mas abiertas, o más militantes.
—Sí pero siempre clavado en la cruz.
—De modo que la experiencia realmente original sobre el borde debe ser siempre imita­ble. Una imitabilidad que fascina y llega quizás religiosamente. Una experiencia cercana a la de Pichón es la de Macedonio Fernández.
¡Ah! si, Borges cuenta que a Macedonio había que irlo a buscar, que le gustaba encerrarse en una pieza sin ventanas en alguna pensión de Once y tener allí todos sus papeles. Me asusté. Mira mi pieza. ¿Tiene ventanas?
—Hay una puertita...
—Bueno, por algún lugar hay que entrar.
—Macedonio guardaba los diarios debajo la cama y también se envolvía con ellos. Estoy viendo pilas de diarios en este cuartito...
—Veo que captaste... Aquí estamos en el ba­rrio de Once...
—Llamativas coincidencias.
—Ahora, volviendo a Pichón, yo no aprendí de él muchas cosas. Yo no sé cuál es la teoría de Pichón. La enfermedad única... el cono invertido, en fin, todas esas cosas. Pero lo que yo le pescaba, o lo imitaba, era en la forma de ser, de observar. Capté la forma de observar más que lo observado.
—Sin embargo, en relación a las diversas polémicas alrededor de lo que hacés, inclusi­ve referidas a la cuestión de la cura eficaz, si es que puedo usar esa denominación, no se podría interpretar tu estilo terapéutico desde una Iigazón más enfática con experiencias marginales en poesía, literatura, religión... Me parece que sos un poco reacio a este guiño de la interpretación...
—Hace poco tuve una fiebre virósica y tuve que estar 15 días en cama. Ahí me dí cuenta que yo no sabía quien era, o mejor dicho, siempre decía otra cosa que lo que era. En un tiempo yo decía que era sociólogo, antropólogo. Después me di cuenta que si tenia paciente tenia que ser sicóloga. Psicóloga, porque son mujeres... Pero me molestaba también, por lo del sexo. Así que luego fui psicólogo. Masculino... En Brasil, muchos creen que soy psiquiatra. Cuando digo que no lo soy se ríen como si fuera una broma. Porque yo formé muchos grupos de psiquiatras en el nordeste. Entonces, no me creen. Pero acá me di cuenta que en realidad, lo que soy, es filosofo. Un filósofo especializado, en tres temas. Son tres temas que me absorben continuamente. La locura, el amor y la muerte. Y los tres temas son la misma cosa.
—Bueno, con todas esas cosas, contás casi toda la historia de la filosofía.
—Creo que una parte, pero una parte importante. La parte del tiempo. Ahí está contenido el tiempo, porque cuando al amor le agregás la muer­te queda la ausencia. Queda el fantasma, y el fantasma es la locura. Una ecuación... amor más muer­te, fantasma. Es decir, vínculo más ausencia, pro­duce el fantasma. Una ecuación "a mas b, igual a c". Entonces, pensé que tenía que hacerme una tarjeta que diga "Alfredo Moffatt, especialista en locura, amor y muerte". Y para ganarme la vida, como se arreglan autos o calefones, también diría mas abajo, "se arreglan vidas", entre paréntesis y más chiquito. Ese sería mi oficio. Porque yo había confundido el oficio para mantenerme, para ganar dinero, con mi tarea. Mi tarea esta ligada a ese te­ma del interés en lo monstruoso. Porque también podría decirte lo anterior de este modo: lo que siempre me intereso fue la monstruosidad, y la nostalgia. Siempre ha sido así. Y después los juegos de la ciencia, los juegos de ingenio para des-cubrir habitáculos internos de las cosas. En el "Tratado del Mundo" que estaba haciendo en los '60 había una parte llamada "yedel", que era el li­bro de los monstruos. Luego tenía el "yider", que era el libro de los olvidados, de la nostalgia. Mons­truos y nostalgia... lo que siempre me interesó. Pa­ra tener un rol en el mundo, después empecé a curar gente. A curar vidas, arreglarlas... Pero había confundido el oficio con el tema de mi vida. El ofi­cio es arreglar mentes, que son distintas a los cale­fones, pero... no tanto. Porque tampoco hay tantos modelos de mente. A lo mejor hay más modeIos de calefones que de mentes humanas, que esta siempre dentro de estructuras y subestructuras culturales. Entonces me dije de hacer esas tarjetas, para poner las cosas en claro y mostrármelas a mí mismo también. Y como la mayoría de los filósofos, debo vivir de un oficio, haciendo otra cosa. Lo peor es que vivan de filósofos. Ahí la cagaron, porque terminan en el CONICET.
—Bueno, la filosofía esta en el mundo y en ultima instancia es invisible. Se refrenda con una vida, pero no se ve o no tiene porque ver­se.
—Puede ser. Una cosa es el oficio, otra cosa es ser filósofo.
—SI, por eso es Interesante la humorada de la tarjeta. No puede haber tarjeta de filósofo...
—Claro, pero me interesa que otros sepan que me especializo en eso, locura, amor y muerte. Cuando el amor es pasado por el tiempo, muere el objeto, desaparece como objeto y permanece co­mo memoria y ausencia. Se sustituye con el fantasma. Por eso, también puedo decir que en última instancia soy especialista en fantasmas. Me fascina lo evanescente. Y también la expectativa. Siem­pre estamos entre la expectativa y la nostalgia.
—Ese tema del tiempo, en tu caso ¿no es­tá vinculado al disfraz, a la mimetización? Por­que con el disfraz, con la mascara, se fija el tiempo.
—Al transgredir los roles, al querer ver como es del otro lado, mas que congelar una idea del tiempo, producís una alternativa de lenguaje. Cuan­do me vestía de obrero, la gente en la calle me hablaba de otra manera. De pronto, un colectivero podía no cobrarme. Un carnaval me disfrace tan bien de mujer que me levantaron. Me compraron pastillas. Fue en Villa Adelina, a cara descubierta. Claro que tenia mucha menos edad, ahora ya no puedo, con bigotes...
—Quien te dice...
—Claro, "han cambiado tanto los hábitos... ". Pero, bueno, yo estaba con 16 años. Era una alemancita preciosa. Y después, el que me "levanto" me encontró en la calle. Yo iba en bicicleta. Y me pregunto "che, ¿no la viste a tu hermana?" Y le conteste que mi viejo no la dejaba salir porque se había enterado que fue al baile. En fin, siempre tuve la gran incógnita: saber como es del otro lado. Eso no tiene nada que ver con la homosexualidad, sino con el interés por "el otro lado". Yo voy a sa­ber, por ejemplo, como va a ser "del otro lado" ser viejo, porque voy a ser viejo. Pero nunca voy a ser mujer. Nunca voy a ver el mundo desde ahí, desde la condición femenina. En fin, todo esto co­mo querer ir a Europa para ver como se ve Argen­tina desde afuera. Después, en otro carnaval, me disfrace de linyera. Ya era más grande. Me fui a un bar e inmediatamente me sacaron. Quede sentado en el cordón de la vereda, un poco desconcertado. Pasó una señora, me dio una moneda, y me di cuenta que ya estaba, que ya había cumplido. Co­mo señorita me levantaron y me compraron pasti­llas "Volpi" "Volpi fruna", y cuando la vieja pasó y dijo "que muchacho tan joven", dejándome una mo­neda en el sombrero que me había sacado para descansar, ahí me di cuenta que estaba viendo "el otro lado" a la sociedad. Así que me fascinan esos cambios en los que vos ves desde otro lado, construyendo distintas alternativas de percepción. Por ejemplo, hay cuatro Calles Corrientes. La de la mañana, la de la tarde, la de la noche y la de la madrugada. Con distinta población. Así que también hay distintos ámbitos en un sólo ámbito. Al entrar al hospital, es distinto el hospital si entras con guardapolvo blanco y estetoscopio en el bolsillo, que si entras agarrándote el brazo.
—Ese cambio que uno llama "la cura", ¿tiene que ver con ese ejercicio de travestismo, de volcarse en otro? Porque la cura es un pasaje a otro estado, que puede ser aquel que se percibía entre bastidores, o del otro lado del espejo.
—En la psicoterapia esto es fundamental; si no entendés que le pasa a un loco desde adentro no podes sacarlo, porque no sabes donde está. Justamente, en el Hospicio me ponía esa boina qua ves ahí, hasta las orejas, y hacía caras de idiota. Ese idiota me sale fácil, se apodera de mí. Y en el fondo del Hospicio estuve hablando con los muchachos como un internado más, vistiendo un Perramus de aquella época, medio manchadón, y un bolso cruzado al pecho: Como siempre... en realidad no tuve necesidad de modificar mucho mi vestimenta, apenas un toque más. Entonces, cuando esa noche salí del hospicio, no me dejaron. "¿Tiene el papel?", me preguntaron. "¿Que papel? ¿Los documentos?" dije yo. "¿Cómo documentos?" Era el papel de salida, para poder salir. Y ahí también me di cuenta que había estado del otro lado.
—En relación a las terapias... o mejor dicho, a las filosofías que no Incluyen el "otro lado", vos sos muy escéptico...
— ¿Cuáles?
— Bueno, no se como llamarlas... las que suponen un cuerpo profesional, una Institución o procedimientos con mucha preponderancia del control por parte de otros profesionales del "lado de acá" y con menos atracción, lógicamente, por el abismo de la locura, da la alteridad. En fin, no se como decirlo...
—Bueno, esas son psicoterapias de sometimiento. Un psiquiatra es un señor que es policía pero tiene uniforme blanco. No permite que se piense distinto, porque su imaginario es de policía La carta de Antonin Artaud a los directores del manicomio aclara muy bien esto. El sistema pone policías de blanco para controlar la disidencia de lectura de realidad. Es la disidencia más grave, mucho mas grave que la política. En ese sentido, no es una terapia sino un sometimiento. El psicoanalista lo hace mucho mas fino. Además cobra mucho para que otro se someta. Pero tiene la ventaja del sometimiento a un papá benevolente, que lo deja ganar dinero y tener relaciones sexuales. Pero tiene la misma dependencia que con el papa. El costado más angustiante, que es no ser más hijo, no cambia. Cuando uno no es más hijo, uno esta solo. Solo en el universo... no hay más papá para el cuidado. Por eso es jodido curarse. Curarse es ser adulto y ser adulto es no tener más papá. Ser uno el papá de si mismo. Por eso hay tantos cómplices son los psicoanalistas sometedores. Además, los que protestan porque los someten, pueden ser los primeros en llenar los consultorios si el psicoanálisis tiene fama de autoritario. Yo casi no hago terapia, sino una tarea en la que permito que alguien elija, que tenga mayor definición de identidad, que sepa más de sí mismo para realizar esta aventura, este viaje. El viaje de la vida... Yo acompaño gente. Del nacimiento a la muerte, como un barquero. Acompaño gente a que cumpla etapas. Que pueda cumplir y abandonar etapas, la infancia, la adolescencia, lo cual es muy angustiante. Es comenzar a abandonar la omnipotencia y la inmortalidad. Lo primero es la adolescencia, y después, más adelante, empezar a prepararse para abandonar la inmortalidad. Después, cuando es muy viejito, que en general no vienen a la terapia, porque casi no hay imaginario, abandonar la vida. Eso la gente lo hace sola.
-La tarea tiene un aspecto sacerdotal, aunque sé que esa palabra es incómoda. La digo a propósito...
—Bueno, yo digo barquero...
—Si, vos dijiste barquero, y yo, malignamente, te recuerdo la función sacerdotal.
—Pero, ¿sabes qué?, esa relación con un señor interno muy poderoso, como la que tiene el sacerdote, yo no la tengo. Yo quiero que alguien se relacione con él mismo. A partir de lo cual, luego elige como resolver su metafísica. Fijate, yo no me meto con el aquí. El "aquí" es de la policía, de la mamá que da de comer. Es el presente. Tampoco me meto con el más allá. Yo trabajo con el allá. El allá-atrás y el allá-adelante. El más allá se lo dejo a los curas. Y el aquí se lo dejo a los médicos. El aquí es cuerpo, el cuerpo en presente. Del presente no en­tiendo nada. Yo entiendo si alguien cree que esta pasando algo y eso no esta pasando. Entiendo del pasado y del futuro, pero desde el nacimiento hasta la muerte. Antes del nacimiento no se nada y después de la muerte tampoco. Yo acompaño del útero a la tumba. Incluso creé una tribu, que uso como ejemplo con mis alumnos, la tribu de los Uterumbas. Una tribu que festejaba cada etapa. Porque el asunto era terminar el viaje. Llegar del útero a la tumba, y cuanto más cerca estaban de la tumba, más cerca de terminar el viaje. Cada estación por la que pasaban, era festejada. Ese es el proceso de la vida. El terapeuta acompaña... del útero a la tumba. Uterumba. Son dos agujeros. Uno es más chiquito que el otro. De un seno al otro seno. Por eso los marginales indígenas son tan sabios. Porque la Pachamama es la tierra. Pasas de la "pachamama" de tu mama, a la Pachama­ma de la tierra. Es más sencillo el transito. En cambio, entre nosotros, cuando alguien se muere, se vuelven locos. "¿Qué pasó?" Es como si hubiera caído un aerolito inesperado. Y además te prostituyen. Rebajan todos los rituales funerarios que tienen que ver con el misterio de la muerte. En la ciudad grande, en la ciudad de la civilización urbana industrial, se transforma en algo parecido a un ho­tel alojamiento: "Tercero-B". Una vez estuve como 15 minutos ante un muerto equivocado, porque era tercero B y yo había ido al cuarto B. Los urbanos se creen piolas por haberse salteado el tema de la muerte. Los hombres del Amazonas se ponen máscaras una semana entera, luego de alguna muerte. Cada uno que se pone una máscara, asume una muerte. Están muertos como sus parientes, y durante una semana se tiran cenizas, lloran, etc. Terminó esa semana, se sacan la máscara mortuoria y están del lado de la vida. Nosotros con esto de ir 10 minutos a tomar un cafecito, hablar de otra cosa frente al muerto, evitamos el funeral. Y después estamos 10 años en un diván para resolver la tan mentada "elaboración del duelo". ¡Mirá que negocio! En la sociedad industrial de masas se hacen negocios así. Empieza el chiquito con el antibiótico y después se le generan toda clase de enfermedades.
—Entonces, vos serías partidario de marcar rituales muy intensos para señalar los pasajes... de ahí el disfraz, la comedia, el asumir el "lado desconocido", explorar la imposibilidad del otro. Todo eso serian formas teatrales de recuperar el enigma de la vida siempre en transito, siempre en viaje, siempre llamando, además a la colaboración de algún barquero.
—Sí, pero también distinto al psicodrama. El psicodramatista realiza experiencias parecidas, pe­ro muy superficiales. No se tiran ceniza, no están una semana. Hay cierta frigidez en esa dramatización. No hay disfraces. Es todo demasiado pulcro: "Ese almohadón es tu madre o tu padre, tiene un dialogo con él". Se emplea la abstracción, sin niveles cenestesicos. Pero la persona vive del cuer­po y cada presente esta encerrado en ese cuerpo. El cuerpo es, digamos...
—La casa del presente...
—Digámoslo así, la casa del presente...
—Pero, en este caso ¿Como se condice esto con lo que antes denominabas "evitar el presente, evitar el aquí"? Por lo menos, hay una temporalidad corporal en un aquí y ahora.
—No, si yo trabajo con el cuerpo, trabajo con un cuerpo atravesado por el tiempo. El cuerpo puede estar signado por una contractura que tiene que ver con el miedo a un peligro que no existe. En este caso, por ejemplo, tenemos un "pre­sente atravesado", atravesado por el tiempo, Pe­ro ese atravesamiento es fantasmal. Lo único que existe, en realidad, es el presente.
—Sería entonces un presente irreal, pero lo único existente. De ahí que lo irreal sería lo único a existir, y el cuerpo, una manifestación material del fantasma del tiempo. El presente existe como lo que no es...
—El presente esta hecho de tiempo y nombre. Por eso, no se trata de expulsar fantasmas, sino de ponerles nombres. Ponerles nombre a los monstruos. Nada más.
—Es ponerle nombre al tiempo...
—Es ponerle nombre a la historia, a las escenas. Al ponerle nombres, que es contarlas, se transforman en imágenes compartidas. La palabra es portadora de escenas, permite la imaginación compartida, la posibilidad de hacerse social. También permite la objetivación de las escenas temidas, quitándoles lo terrorífico. Y queda el dolor. El dolor sin terror. Yo con la desgracia no puedo hacer nada. Solamente puedo hacer con los planos de confusión que actúan en el imaginario.
—Pero en el caso en que el sufrimiento se relaciona con la pobreza, habría que distinguir, en tu reflexión, cuando la pobreza es sabiduría y cuando injusticia; y cuando el sufrimiento es universal y cuando proviene de la opresión.
—La mayor indignidad es por la pobreza. No sé si podemos realizar distinciones tan tajantes, pero en el hospicio la gente esta más por pobres que por locos. Allí, la indignidad mayor es por la comida apestosa, por los roles degradados, por el hacinamiento y el abandono. Por eso, resolver cuestiones de dignidad, es resolver cuestiones de sufrimiento. Pero también las personas se empobrecen cuando las satisfacciones materiales llevan a sustituir la dramaticidad de la vida. En ese plano, la materialidad no tiene dramaticidad. Una heladera es siempre una heladera, no esta atravesada por el tiempo y cuando se oxida un poco hay que tirarla. No tiene historia autoconciente. No hay heladeras con angustias por las etapas que vienen. El animal tampoco la tiene. Pero ya tiene miedo, aunque no puede recordar ni tener expectativas. Eso es propio del hombre, solamente. Cuando inventó la palabra, ella se convirtió en su salvación y su condena. La palabra permite, a través de la creación del tiempo, crear la civilización. Pero al mismo tiempo, crea la angustia. El hombre es el único animal que sabe que se va a morir,
—En tu caso, considerando el carácter salvador y de perdición que tiene la palabra, se puede percibir que la usas de un modo curioso, a través de permanentes degradaciones humorísticas y combinaciones surrealistas donde lucen los acertijos de todo tipo y los conceptos "valija", como "uterumba", o expresiones a partir de un argot, como "bancadero", etc.
—Es una necesaria desacralización, porque cuando la palabra, en terapia, se sacraliza, no es más terapia sino conversión a una secta, lazo de dominación. La terapia es, como el diálogo socrático, un instrumento que "no está", porque no es el "padre de la criatura", sino algo así como el partero o acompañante de diversos tramos de vida. Pero no interviene protagónicamente en la vida del otro, como hace el psicoanalista. Él es el protagonista, debido a la transferencia. Cura a través de la transferencia por medio de un narcisismo profesional. Yo trabajo, con relación a esto, tal como hacía Pichón. Como un pervertidor del conocimiento, alguien que lo induce, socráticamente. Pervierte para inducir que alguien se encuentre a sí mismo. La gente sufre porque cree que es otro del que es. Decía Fritz Perls, creador de la terapia gestáltica, un sabio también, que el cambio terapéutico es un cambio paradojal. Hay que dejar de ser el que uno no es, para ser el que uno es. No es que hay que cambiar, sino que hay que dejar de haber cambiado.
—i Pero eso no evitaría también algo muy interesante ¿Como ser alguien que no se es?
—No lo evita, pues uno siempre esta saliendo de uno mismo. El tiempo te empuja continuamente del lugar donde estas. Siempre estas empujado. No quisieras irte pero te empujan. El tiempo siem­pre te transforma en otro, por eso el verdadero arte del cambio y la identidad puede ser "el cambiar siendo uno mismo". En realidad nunca llegas a ser el que sos, porque el tiempo nunca te completa.


NOTA
(1) "Foto Vicente - lo mejor para el cliente", así se lee la tarjeta con la que Moffatt presentaba sus servicios de fotógrafo a los vecinos de Villa Fiorito, Caraza y Diamante, barrios muy pobres del partido de Lanús, en la provincia de Buenos Aires, a orillas del Riachuelo. El fotógrafo ambulante y su novel ayudante (el autor de esta entrevista) durante todo el año 1963 tomaron cientos de imágenes de las vidas marginadas y carentes. Todas esas escenas así "capturadas" aparecieron luego en una exposición de fotos realizadas en la Facultad de Filosofía y Letras, de Buenos Aires, aun en la calle Viamonte al 400, y durante bastante tiempo acompañaron las premiosas notas sobre las injusticias reinantes que se publicaban en el peri6dico peronista "Compañero". Mas allá de ambos destinos (fotos de exposición; fotos de denuncia) en esas imágenes ya estaban plenamente desarrollado el "método Moffatt" de trabajo, de te­rapia y reflexión social. Se encontraba allí una atracción por las vidas golpeadas, errantes, orilleras; b) una antropología de la pobreza entendida en la doble dimensión de señalamiento de las formas de injusticia social y de manifestaciones de vida donde el folklore urbano adquiere potencialidad profética; c) uso del mimetismo catártico, un sucedáneo de la técnica antropológica del "observador participante", de moda en aquellos tiempos, que implicaba aquel un juego escénico de rechazo a la diferenciación entre la "observación" y los "observados". Antes bien, se buscaba una homogeneidad a través del placer del disfraz, lo que llevaba al carácter insondable de las identidades sociales en cuestión; d) la presencia de la imagen fotográfica (así como después la danza en el hospicio) como manifestación directa y hasta agresiva, de un sentimiento comunicativo que pugna por expresarse en medio de toda dase de perturbaciones y alienaciones; f) el punto de partida terapéutico encuentra su justificación en la asimilación del máximo grado de deterioro de la vida, recreado esperpénticamente (sobre la base de un humor que toma como tema las deformaciones y carencias) por parte de los "barqueros" que auxilian a los que precisan alivio para su angustia. Luego de esta experiencia fotográfico-arlequinesca, el autor de esta entrevista acompañó a Moffatt en las primeras incursiones por el Vieytes. Después corrieron muchas aguas y navegaron muchas naves estultíferas, pero Moffat y este entrevistador, su amigo y antiguo auxiliar de "Foto Vicente", de tanto en tanto encuentran tiempo para agregar alguna cuita mas a las imágenes del pasado siempre pensando: "en lo mejor para el cliente". (H.G.)

EL PSICOPATA,LA SUBJETIVIDAD VACIA

EL PSICOPATA, LA SUBJETIVIDAD VACÍA

Como marco psicopatológico vamos a describir los tres modos de patologías básicas: neurótico, psicótico y psicópata.
El neurótico pertenece a dos mundos, el mundo subjetivo y el mundo objetivo. Tiene trastornos que no le impiden la inclusión social, se comunica con los demás (el mundo objetivo) y también tiene un diálogo interior (el mundo subjetivo).
El psicótico, por el contrario, no tiene mundo externo, se tragó el mundo, se volcó totalmente hacia su interior, metió el mundo adentro y él quedó encerrado en ese mundo que armó y que nosotros llamamos delirio. El delirio es equivalente a un mundo, porque tiene reglas, personajes y define espacio y tiempo. Con esto obtiene una percepción omnipotente porque puede transmitir pensamientos y manejar ilusoriamente la realidad, interpretándola desde su sistema delirante. No es peligroso, porque su mundo es virtual (a lo sumo, te puede arrojar un tomate radioactivo…)
El brote psicótico es el momento en el que a la persona se le desarma la realidad, no sabe quién es ni dónde está, qué época de su vida es, el momento histórico no tiene sentido, tampoco los vínculos, queda aislado y le desaparece la identidad. A este proceso lo vive de forma tan aguda y desolada, que inventa un vínculo con un personaje, o confabulaciones imaginarias que, en el caso de la paranoia, lo persiguen.
La identidad depende de una cantidad de vínculos y de ubicaciones en espacios temporales, de normas, roles, mitos que la cultura asigna, se es en función de un entorno que se llama la realidad, si la realidad se desarma, se desarma el yo.
Muchas veces la esquizofrenia, que en el primer momento es sólo fragmentación, produce mucho desconcierto en los demás, y por eso al loco, al psicótico se lo encierra. Entonces éste percibe que lo van a forzar y se asusta, es decir aparece un componente paranoide, se imagina que hay un complot de los demás, todos son enemigos, inventa un marciano que lo persigue, etc. En general tienen delirios persecutorios, por eso se encierran o se aíslan, no hablan con la gente para no ser vulnerables, y uno se pregunta: “qué tonto ¿por qué se busca un enemigo?” Lo hace para poder interactuar con alguien, porque ese enemigo, al perseguirlo, le da una estructura de vida, que es huir y defenderse.
De alguna manera reconstruye un mundo, pesadillesco, y empieza a controlar, no lo que dicen los otros, sino los gestos que hacen. Por ejemplo: “se está tocando la boca, está disimulando algo que tiene en la boca, que a lo mejor es un veneno para mí, el otro está anotando lo que digo, aquél hace creer que es ciego pero me ve perfectamente…” Todo el mundo se le convierte en una pesadilla y con eso tiene, de alguna manera, un argumento. No inventa un amor, porque quedó aislado, el amor exige la respuesta del otro, en cambio el miedo no. No me importa si Frankenstein me quiere, lo que me importa es solamente que me persiga. Todo delirio se da por el fracaso del amor, que es un vínculo dialógico con el otro.
El psicópata, en cambio, es muy peligroso porque es una computadora, no pierde el tiempo en emociones, porque no puede sentirlas.
Podríamos decir que el psicópata es una persona que está vacía; así como el psicótico está lleno y el mundo queda vacío porque lo metió adentro, el psicópata es exactamente lo inverso, quedó encerrado afuera, su vida es una exterioridad.
Desgraciadamente, psicótico y psicópata son parónimos, suenan parecido, por lo que muchas veces se lee en el diario: “Un psicópata se escapó del Borda… “ y en el Borda, sólo hay psicóticos.
Entonces, el esquizofrénico es lo contrario del psicópata. El psicópata es el asesino serial, el estafador, el cana brutal y sin compasión, el torturador, es la persona que tiene un interior completamente vacío y maneja el mundo, él está fuera de sí mismo, está en el mundo, es como un robot y controla a los demás, vive afuera porque adentro no hay nadie.
Esto de que adentro no hay nadie, es una sensación que se tiene con los psicópatas graves, no hablo de los aspectos psicopáticos, un poco manipuladores que tenemos todos. Cuando se es un psicópata grave, su mirada en la interacción, nos da como un escalofrío, nos damos cuenta de que nos está mirando como a un objeto a manipular, no como un sujeto con el que interactuar.
Vi mucho esa mirada, desgraciadamente, en algunos de los pibes del instituto Almafuerte, que estructuraron personalidades psicopáticas, chicos con varios homicidios, a veces homicidios gratuitos. Había uno especialmente que inspiraba miedo, hasta los guardias le temían porque podía hacer un ataque inesperado. Un día agarró un lápiz y se lo enterró en el ojo a otro compañero sin ningún motivo, sólo para intimidar, porque con eso generaba el terror. En el taller de carpintería estaba “el jefe” que era muy grande (también le dicen el “pesado” o el “poronga”), y como él quería disputarle ese lugar, sin decir nada, sin que medie ninguna provocación, tomó un punzón y se lo clavó, sin que se le moviera un pelo, y así él quedó como jefe.
Lo que también vi ahí es que, el que estaba adentro y el que estaba afuera eran muy parecidos, porque los dos estaban con miedo de que el otro lo agrediera. Los pibes estaban verdugueados, y los guardias estaban esperando que en un motín les pongan al cuello un hueso de pollo afilado. Existe una paranoia mutua, el sistema es loco y produce psicópatas de los dos lados. El sistema judicial condena al chico sin que el juez lo vea, y el edificio se parece más a una perrera que a un lugar de rehabilitación.
El psicópata es el manipulador feroz. Esta característica, de tener vacío adentro, está percibida incluso por el lenguaje popular, el self que nosotros llamamos el núcleo yoico se puede superponer al término popular de alma, el alma es el núcleo más profundo que tenemos, independientemente de lo religioso, es el yo, es ese con el que hablamos cuando queremos ir hacia adentro, el lenguaje popular dice desalmado, que no tiene alma, y es que realmente da esa sensación, porque en la mirada no tiene ninguna arruga, son esas miradas frías, que producen inquietud.
Esto no tiene nada que ver con la violencia del alcohólico o la del golpeador. El psicópata es el manipulador, por ejemplo, podría ser un psicópata si golpea a la mujer muy cruelmente y la mujer lo sigue, no por miedo, sino por haber quedado fascinada por el sadismo de él, porque ya tenía un núcleo masoquista que el psicópata detectó. Es un juego donde la mujer queda atrapada en la dialéctica sadomasoquista, no es el juego del gato y el ratón, sino el de la serpiente y el pajarito; la serpiente desconcierta al pajarito porque está quieta y de pronto el pajarito se da cuenta que eso que está quieto es una serpiente, lo paraliza y en un instante se lo come.
El golpeador no, el golpeador puede ser una persona epileptoide, alcohólica, violenta, pero no manipula. El que manipula, a lo mejor golpea y desespera a una mujer y la lleva a que se mate, pero antes logró que pusiera la casa a su nombre porque manipula para delinquir.
El verdadero psicópata es el que hace que la victima se entregue sola, por eso es tan siniestro, porque manipula, percibe la escena deseada y la fascina con eso.
Un psicópata puede tener un núcleo paranoico, depresivo o histérico. El paranoico, es el militar que conduce a la muerte, como Hitler, o Videla. El histérico, es el gran seductor, que enamora y abandona, y el psicópata depresivo es el que detecta a una mujer depresiva grave y le dice: “quiero hacer con vos un pacto de muerte”. Adivina esa escena de amor y muerte de la mujer, pero antes le dice: “pongamos la casita a nombre de los dos”. Y cuando están en la cornisa del séptimo piso, le dice: “yo me tiro primero” y ella responde: “no, no, primero me mato yo, porque no soportaría verte muerto...” (que es lo que el psicópata había supuesto) y cuando ella se tira, él se asoma y piensa: “¡ Uy… cómo quedó! bueno… ahora, a vender la casa”.
Por eso el psicópata es muy difícil de detectar, porque fundamentalmente es seductor. Cuando una persona es demasiado encantadora los primeros diez minutos, me preocupo, porque casi seguro es un manipulador.
El psicópata es muy interesante de estudiar, porque es un personaje muy importante en épocas de crisis. Cuando fallan las instituciones, el psicópata llega al poder por manipulación, en cambio, cuando los encuadres institucionales funcionan, el psicópata no puede operar.
Por ejemplo, Menem era un psicópata histérico, manipulador, seductor, hay anécdotas de él que lo muestran como un gran tramposo. Fue muy peligroso por el lugar al que llegó, Menem hubiera sido un buen almacenero en La Rioja, un turco almacenero que vende y, a lo sumo, roba en el peso, pero que llegara a presidente y vendiera el país, fue culpa nuestra. En este caso, los argentinos nos comportamos como una mujer golpeada.
En cambio Videla era un psicópata mesiánico y Camps un psicópata sádico, todo torturador es un psicópata sádico.
Nosotros no podríamos ser psicópatas, nos resultaría muy difícil. Si nos obligaran a ser torturadores y empezáramos a cortar con un vidrio roto a una persona, cuando viéramos a la persona ensangrentada nos desmayaríamos, porque no podemos evitar identificarnos. En cambio el psicópata piensa: “Este vidrio no corta nada” y rompería otra botella.
En el caso de algunos de los pastores evangelistas, el pastor Jiménez, por ejemplo, se trata de un manipulador histérico. Trabaja para un público femenino que él seduce porque les hace caritas y les habla con voz de radioteatro. Los observadores de nuestra escuela que estuvieron en su templo dijeron que sintieron culpa porque estaban observando en forma tramposa y la gente estaba realmente entregada, vieron cómo generaba una histeria colectiva. Él hablaba de Dios y de cómo devolverle a Dios por los milagros concedidos a través de su Iglesia. En ese momento pasaban un sobre para que la gente depositara la plata.
El pastor norteamericano Jim Jones hizo que casi mil personas se suicidaran, ¿cómo lo consiguió? Como la hermandad estaba aislada, no había testigos, el único que hablaba era él y la gente no podía confrontar con la opinión de otros, estaban en un campamento en la mitad de la selva, en la Guyana, y él tenía todos los pasaportes, así que nadie podía irse. En general eran personas marginadas, sin destino, ex drogadictos, población negra. Decía que para aumentar la santidad y demostrar la lealtad, proponía un suicidio simulado. Simulaba poner cianuro en los refrescos y se los hacía tomar, la gente lo hacía porque consideraba que era un ritual religioso y de fidelidad a él.
Repitieron esto varias veces sin que hubiera veneno. Pero como el psicópata no puede admitir perder el control, cuando fue al lugar una inspección de la embajada de EE.UU. para cerrar la Comunidad, Jones prefirió destruir todo a través del exterminio, antes que caer él solo, porque el psicópata se considera el dueño de los demás, para él son objetos, no sujetos.
Para esto, hizo poner cianuro realmente, y como maniobra psicopática, hizo que primero le dieran de beber a los niños. Cuando los padres vieron que los niños morían, ellos, por la desesperación, se mataron. Esa es la habilidad del psicópata, los controló con la culpa.
Hitler era otro psicópata, proveniente de un pueblo que tiene características paranoides. Los alemanes, cada tanto, hacen un delirio guerrero. Hitler creaba una hipnosis colectiva, porque hacía los actos en los bosques, en base al fuego, con miles de banderas al viento, algo que es ancestral de los pueblos teutones. Lo hacía ante diez mil personas, a los alemanes no les cuesta nada ponerse en formación, bien rígidos. El resto se lograba con reflectores y luces, generaba una hipnosis colectiva, gritaba y gesticulaba, como salido de una ópera de Wagner, hablaba del sionismo internacional, los enemigos que iban a destruir Alemania, y con eso generaba el trance.
¿Cómo se distingue un psicópata de un líder? San Martín, por ejemplo, convenció a tres mil o cuatro mil campesinos de Mendoza que cruzaran Los Andes, con hambre y frío, para ir a pelear al otro lado de la cordillera. Hitler también preparó una guerra, pero, ¿cuál es la diferencia? que el final del juego para Hitler fue Alemania totalmente destruida, perdieron todos, y el final del juego para San Martín fue que consiguieron la independencia, ganaron todos.
El psicópata histérico es el menos peligroso, su secuencia es: seducción, engaño y abandono, después de prometer el amor eterno.
En cambio el psicópata paranoico es el más peligroso, porque puede llegar a ser un asesino. La psicopatía es funcional al sistema, en los cuerpos de seguridad, no podrían pertenecer a esas fuerzas personas que no tuvieran esa característica. Imaginemos que un policía le rompiera la cabeza a alguien y después dijera: “¿qué le hice?... usted no hizo nada y yo le reventé la cabeza, está lleno de sangre, y ahora yo me siento mal…” Si le pasara esto lo echarían, argumentando que no está cumpliendo con su deber.
En el momento actual el psicópata tiene dos destinos: si es pobre va a la cárcel y si es rico va al poder. En las épocas de crisis sociales, ningún político llega al poder sin componentes psicopáticos, pues la guerra por el poder se realiza en base a traiciones y mentiras.
El psicópata no siente culpa debido a que no tiene núcleo yoico, no lo pudo desarrollar, es alguien que desde chico fue tratado como objeto, no le permitieron percibirse como sujeto ni que percibiera la subjetividad ajena, con la cual poder construir su propia subjetividad, no aprendió que no somos objetos, que somos distintos a una piedra o a un animal, porque hay una percepción subjetiva empática que resuena con el otro. Seguramente le decían: “¿Estás triste? Bueno, andá y pegale a ese chico”, o: “¿Tenés miedo? Ahora viene papá y te pega”. No fue estimulado en sus sentimientos de empatía, de ponerse en el lugar del otro y suponer que adentro de ese otro hay un ser humano igual al que el tiene en la cabeza, aprendió que los vínculos humanos son una serie de actos y no una serie de emociones.
El psicópata es un personaje difícil de percibir, porque es nadie subjetivamente, es parecido a un robot, en las películas americanas aparece mucho el tema del extraterrestre, es el replicante, el que tiene rueditas en la cabeza, que no es una persona, es un aparato, un doble, no hay nadie adentro.
Cuando estuve en el manicomio de Nueva York, ya a punto de volverme, tuve ganas de hacer algo que, de haberlo hecho, seguramente hubiera ido preso, y era abrir un americano para ver “si había alguien adentro”.
El poder en EE.UU. tiene características psicopáticas, un imperialismo tiene que tener una personalidad psicopática, es inimaginable un imperialismo con una personalidad melancólica, que tire NAPALM a los vietnamitas y después sienta culpa: “¡Qué barbaridad, todos los pibes quemados…! No, ellos dicen: “dos mil quinientos mayores y quinientos menores muertos, la operación fue un éxito”.
Mataron a tres millones de vietnamitas y dijeron que fue para que ellos aprendieran lo que es la democracia. Y siguen tan simpáticos y sonrientes (ahora matan iraquíes).
Cuando se estaba por terminar el contrato del Canal de Panamá, decían que Noriega, el presidente, era traficante de drogas y era un delincuente, con esto justificaron la invasión para capturar a Noriega ¿y Pinochet, qué era?, ¿y Videla qué era? ¿y en Colombia, Escobar? No, el malo era Noriega, justamente donde estaba el Canal. Siempre tienen que tener la razón, siempre fueron ellos los agredidos y los buenos, todos criados por Walt Disney…
Rambo, por ejemplo (que es un psicópata oligofrénico) está todo el tiempo asesinando gente, y por supuesto que al final de la película no dice: “¡qué cantidad de gente que maté! a veces siento culpa”.
En cambio, en el Martín Fierro, cuando él mata al negro (que incluso lo había provocado), se siente culpable, y, como le contaron que no fue bien enterrado, piensa: “tendría que ir a rezarle un responso…” Fierro se dolió del otro, porque es un héroe épico melancólico, en cambio Rambo, el héroe de los norteamericanos, es un héroe robot de esa cultura de plástico, que no puede deprimirse ni sentir empatía.
Un psicópata nunca va a buscar terapia, porque le va bien, él manipula a los demás ¿para qué va a ir a terapia? ¿Para enterarse que está vacío adentro?
Por supuesto que hasta aquí estamos hablando de los casos graves, aunque hay psicopatías de distintos grados. Un psicópata puro por ejemplo, es un asesino serial, un torturador, es un Videla, un Massera, que no sólo no se arrepienten, sino que además lo justifican “en defensa de la cultura occidental y cristiana”, “pero usted cortó al bebé en pedacitos…”, y responden: “sí…, pero fue por la patria”.
Por supuesto hay formas intermedias, todos nosotros manipulamos un poco. Si yo no manipulara un poquito… en el año 1971 llevé treinta chicas de la Escuela de Pichón al fondo del Borda, todos los sábados, para hacer La Peña Carlos Gardel, pero, ¿por qué no soy un psicópata y soy más bien un líder? Porque la gente quedó contenta, aprendió, se sintió buena, se enriqueció emocionalmente con los muchachos de adentro; realmente fue una experiencia hermosa de solidaridad. Pero si yo no hubiera tenido alguna capacidad de enganchar, no hubiera convencido a nadie de que fueran todos los sábados al fondo de un manicomio… La diferencia con un psicópata, es que éste haría una Peña para enriquecerse él, usando para eso a los pacientes.
El psicótico, en cambio, nos mira y pensamos: “¿a quién está mirando?, ¿al de atrás?” porque no nos mira, nos atraviesa con la mirada, está mirando a otro imaginario, y por eso produce inquietud, porque nos hace desaparecer. El psicópata, en cambio, nos mira y nos capta, nos hace sentir que está calculando cómo nos va a cortar en pedacitos sin que se le mueva un pelo.
El psicópata grave no tiene cura porque no le conviene. Cuando yo atendía en el hospital de Nueva York, algunas veces, vinieron personalidades bastante psicopáticas, y en realidad venían a que yo les hiciera un certificado de locos, para que pudieran quedar impunes las cosas que hacían: “Yo soy enfermo mental, por eso le pego a mi mujer, soy así, eso es lo que pasa, no es que sea culpable”. Entonces yo les contestaba: “Ah, ¿usted quiere un certificado de impunidad?… Yo no doy ese certificado, para eso tiene que ir a la policía, ellos se lo dan a sus amigos”.
Muchas veces me preguntan: “Si no tiene cura ¿por qué lo explica?”… La respuesta es: para que nos defendamos de ellos. No lo explico para curarlos sino para defendernos, para no ser manipulados.
Una hipótesis que explica la conducta sádica (pues el sádico muchas veces registra lo que hace, filma el sufrimiento del otro, lo mira) es que, de alguna manera, busca salir de ese estado de ser cosa a través del dolor del otro, se comunica emocionalmente de una forma muy primitiva y sin éxito, no es que se conmueva, pero es como si con eso lo intentara.
En las películas aparece muchas veces el prototipo del sádico que lo es, no tanto por lo que hace, sino por la cara de goce que pone cuando lo hace, casi como si fuera un orgasmo.
En general el psicópata tiene que violar, porque no puede producir la emoción amorosa, el psicópata, por su sangre fría, es como un reptil, por eso la violación va muchas veces acompañada de atrocidades. En las películas americanas aparece demasiado, cada cinco películas una es de un sádico, las otras tres son de otro tipo de psicópatas. El delincuente es un psicópata y el policía, cuando lo mata violentamente, lo hace del mismo modo que el psicópata.
Astiz, por ejemplo, es el psicópata perfecto, puede mentir, simular. Para el que no tiene ningún sentimiento, es mucho más fácil simular cualquier cosa, puede ser un gran benefactor, una víctima, etc. Recordemos que cuando se infiltró en Madres lo aceptaron por su aspecto de niño indefenso.
Pero si uno está prevenido, puede detectar al psicópata, especialmente por la frialdad intimidante de su mirada, su rostro no tiene ninguna expresión.
Si aprendemos a percibir como terapeutas la mirada de quien vamos a asistir, distinguiremos las patologías y los matices en la histeria, la fobia, la depresión, la psicosis y la psicopatía.
A Astiz no lo he visto de cerca, pero he visto otros psicópatas. Yendo a los programas de televisión, uno a veces se encuentra con ellos, tienen una frialdad amenazante, y cuando se quieren hacer los compasivos es peor todavía, porque es una compasión falsa, dan más miedo que si sacaran un revólver. Como imagen, al psicópata grave, lo vemos como una mezcla entre un reptil y un robot.
Que el psicótico existe, lo creen todos enseguida, pero el psicópata es más difícil de aceptar como enfermo, porque no delira, maneja la realidad mejor que nosotros, porque justamente, no tiene interferencias provenientes de sus emociones internas, de las proyecciones e introyecciones, no se enamora realmente, no adquiere culpa, no se deprime, tiene grandes ventajas sobre nosotros, los pobres neuróticos (que nos pasamos sintiendo culpas y deprimiéndonos por los dolores de los demás…)
El chico de la calle tiene características psicopáticas, pero como es chico, todavía está en una etapa plástica, todavía puede aprender a empatizar. Al comienzo, el chico de la calle es frío, porque la vez que se entregó le fue mal, cada vez que manifestó emociones le fue mal, lo abusaron o lo abandonaron, entonces se fabricó una coraza. Además ¿se imaginan dormir donde otros caminan, en la calle? Él debe estar siempre hacia afuera, porque está permanentemente en riesgo, pibe que se duerme pibe que pierde, duermen con un ojo cerrado y otro abierto.
Volviendo al psicópata, lo definimos como el que quedó encerrado afuera, no tiene subjetividad, en cambio el psicótico es pura subjetividad, quedó encerrado adentro, por lo tanto es inofensivo.
El Borda es el lugar más seguro, no hay ninguna posibilidad de un ataque, y menos sexual, pero podríamos decir que no es seguro emocionalmente porque te encariñás. Por ejemplo, te dicen: “Hola, el año pasado viniste vos, Marta, y te habías separado de Eduardo…” y vos pensás: “Nunca se acordaron tanto de mí…” y te conmovés.
En cambio el psicópata está en el poder o en las fuerzas de seguridad. A los del servicio penitenciario, por ejemplo, el sistema los hace de piedra y ellos verduguean a los presos, que entonces se transforman en lo mismo, esto es un círculo vicioso. En este sentido es difícil cambiar el juego, porque si fueran todos los psicólogos a Devoto, de un día para otro y con una actitud de contención, se los comerían, o los matarían, porque primero hay que hacer una rehabilitación. Antes, y durante un buen tiempo, habría que ablandar esos corazones (de presos y guardia cárceles) y después sí podrían entrar los psicólogos.
Esta “paronimia” entre psicópata y psicótico, a veces confunde, se tendrían que llamar de otra manera, porque no sólo no tienen nada que ver, sino que son opuestos. En otros tiempos, el psicópata era llamado loco moral, ese era su diagnóstico psiquiátrico.
El psicópata verdadero, como algunos políticos, no va en cana. Un amigo criminólogo (Elías Neuman) me decía: “A la cárcel van los delincuentes fracasados”, los pobres, los que no pudieron aprender a psicopatear, porque el verdadero psicópata se transforma en juez coimero, en jefe de las fuerzas de seguridad, en estafador de bancos… lo hace bien porque es muy hábil.
El psicótico no, se retiró del mundo, se cree omnipotente y maneja el mundo desde su delirio, no tiene estrés, no somatiza. El psicópata tampoco somatiza pero hace somatizar a todos los demás.
Entre los psicópatas de la dictadura ninguno se sintió culpable ni se suicidó, porque tienen una superestructura ideológica: la defensa de la sociedad occidental y cristiana. Para los psicópatas paranoicos, todos los demás son agresores, y ellos mataron para salvar el país.
Hay una obra de Tato Pavlovsky que se llama “El señor Galíndez”, en donde el psicópata tortura al prisionero, y después se va a su casa y está con los hijos y les lee el Pato Donald. Está disociado, como ese asesino serial que mató a toda su familia y lo que dice el vecindario es: “Era tan amable, saludaba a todos sonriendo…”
En cambio nuestros bandidos rurales, Bairoletto, Mate Cocido, delincuentes grandes, no eran psicópatas, eran chorros, robaban a Bunge y Born pero repartían con los pobres. Bairoletto y el Gauchito Gil llegaron a ser santos populares, eran justicieros sociales.

PSICOANALISIS DE LA CENICIENTA

PSICOANALISIS DE LA CENICIENTAA
Publicado en Diario LA OPINION Domingo 20 de Febrero de 1977


Admirable libro es este Psicoanálisis de los cuentos de hadas que acaba de escribir Bruno Bettelheim, después de haberse jubilado de la Escuela Ontogénica de Chicago, donde se encargaba de curar a los niños autistas.
Bettelheim quiso escribir un libro de consejos para los padres basándose en su experiencia con los niños más desgracia­dos del mundo, esos niños psicóticos que no pudieron desarrollarse normalmente. Y se detuvo en el primer capítulo, el de los cuentos de hadas, del cual ha hecho un grueso tomo de 400 páginas.
Según el autor, en los cuentos de hadas hay todo, todo lo que los padres no saben decir por sí mismos a sus hijos, un viático para la vida entera, las respuestas a las preguntas eternas de los recién llegados a la Tierra ¿A qué se parece el mundo verdaderamente? ¿Cómo voy a vivir? ¿Cómo hacer para ser verdaderamente yo mismo?
Cuando uno es muy pequeño, en efecto, la angustia es más fuerte y en esa edad uno corre el peligro de perderse, cuando no se está suficientemente integrado a la sociedad y ni siquiera a la propia familia.
Cuando uno es muy pequeño es cuando más se teme ser separado de los padres, quienes, en cualquier momento, según uno cree, pueden partir, separarse, morir: No hay en la vida mayor amenaza que la de ser abandonado y quedar solo en el mundo" dice Bruno Bettelheim. Cuando uno es muy pequeño, está desgarrado por la ambivalencia: "El niño quiere a sus padres con una intensidad de sentimientos increíble y al mismo tiempo los detesta". Cuando uno es pequeño, se cree fácilmente un inútil, siente con más fuerza el amor a la vida, el temor a la muerte, la angustia de su propio cuerpo... y el miedo a la oscuridad. Por lo tanto, ¿qué dicen los cuentos de hadas? Y bien, tranquilizan, consuelan, explican, dan valor! Pero no de una manera idiota buscando esconder y disminuir las dificultades sino por el contrario "Los cuentos de liadas no dicen no es nada, no, ellos dicen es terrible. ¡Es absolutamente terrible! ¡Pero no desesperes!
¡Todo el mundo debe ir en el mundo hacia adelante y superar esos, peligros y, muy extrañamente, no sólo te las arreglarás sino que llegarás hasta superar a tus padres mientras que ahora crees que no puedes vivir sin ellos!".
Así ocurre con Pulgarcito, extraviado por sus padres en el bosque poblado de animales feroces y que encuentra su camino y el de sus hermanos y hermanas gracias a su habilidad. Así ocurre con Cenicienta, obligada a los trabajos más sucios y que se vuelve rica, amada y reina.
Pero a ello no llegan solos. Siempre, por el camino, se encuentran con un animal compasivo, un hada buena, un personaje lleno de cordura y de experiencia que los ayuda a librarse de un mal paso o a comportarse como es debido. Es muy importante ‑dice Bruno Bettelheim creer desde la infancia que siempre hay en la vida, cuando todo va muy mal, alguien que está dispuesto a ayudarnos. Pues si uno cree en ello, lo encuentra. Y éste es uno de los mensajes más útiles de los cuentos de hadas".
Pero, ante todo, el cuento ayuda al niño a vivir mejor sus difíciles relaciones con sus padres y sus hermanos y hermanas. La mayoría de los niños están convencidos de que sus padres saben mucho más que ellos en todos los dominios salvo en uno: no lo aprecian como él lo merece". Y siempre hay, en los cuentos, madrastras feas, detestables tiranos paternos, de quienes el niño mal amado, inferiorizado triunfará.
En los cuentos de hadas en efecto, los adultos que se comportan mal con los niños sufren suertes terribles: son asados en los hornos, arrojados dentro de fosos llenos de serpientes, destruidos. Pero no de verdad. La muerte, en los cuentos de hadas, no es la muerte física, es la muerte interior de quienes no se han desarrollado con felicidad. Si las hermanas de Cenicienta, al final se revientan los ojos, es porque prefirieron los hermosos trajes en lugar de querer ser amadas por sí mismas y por sus verdaderas cualidades, como Cenicienta, que se hace reconocer por el príncipe bajo sus andrajos.
Pues si el cuento dice al niño: "Vas a tener éxito", ello no será jamás sin esfuerzo de su parte. Cenicienta es activa, Blanca Nieves mantiene limpia la casa de los siete enanitos y cuando se ha cometido un error, como lo hace la Bella Durmiente del Bosque, que ha sido demasiado curiosa con los secretos (sexuales) de los adultos, un largo período de latencia, un largo "sueño" permite reparar y librarse de ello.

Los cuentos de hadas tampoco vacilan en abordar cuestiones sexuales y hasta son, según Bettelheim, la mejor de las iniciaciones. Ellos dicen a los padres y a los niños: no demasiado rápido. Porque Caperucita Roja fue demasiado rápido hacia el lobo (el seductor) y porque su abuela te ha abierto la puerta con demasiada ligereza, ambas han sido comidas. Pero saldrán del vientre del lobo habiendo o adquirido la experiencia y la cordura de aquellos que han nacido dos veces.

En Barba Azul, también, la curiosidad sexual demasiado precoz es castigada y en La Bella y la bestia, se le dice al niño: todo aquello que parece sucio, horrible, asqueroso, se convertirá en hermoso y en magnífico cuando tú lo ames, es el amor que transfigura la sexualidad.

Con una penetración y una sutileza extraordinaria. Bruno Bettelheim ilumina muchos otros aspectos apasionantes y reveladores del tesoro innumerable de cuentos cuyos temas esenciales se pasean casi idénticos de una cultura y de una civilización a otra.
Ocurre que el cuento ha sido forjado por generaciones y generaciones de narra­dores que en la velada, observaban a aquellos que los escuchaban. Y esto es lo que recomienda Bruno Bettelheim a los padres: leer ellos mismos los cuentos a los niños para seguir sus reacciones y tam­bién porque es muy importante, dice él, que el niño pueda sentirse aprobado en sus resentimientos más secretos con res­pecto a los adultos. Cuando las malignas suegras son quemadas, cuando los feos reyes son desposeídos ‑y cuando los pa­dres están de acuerdo en todo ello‑, el niño se siente liberado y desculpabilizado.
No hay que temer, tampoco evocar a personajes espantosos como lobos y ogros. Las peores angustias están en el mismo niño, y es al contrario un beneficio para él poder encarnarlos en los personajes míti­cos, a los que puede exteriorizar y vencer.
Pues el cuento es siempre una obra de arte, pues de lo contrario no seduciría al niño‑ está bien adaptado a las necesidades de su desarrollo interior, que siempre comienza: Había una vez". Lo cual quie­re decir: eso no se aplica a ti o a mí, no temas nada, eso pasa en un mundo imagi­nario donde vas a encontrar como lo deseas situaciones peligrosas, pruebas excepcionales y vas a poder abrirle camino en ese otro mundo.

Porque el mundo del ensueño es el que permite que uno se vuelva aguerrido para afrontar el de la realidad. Los que buscan evadirse mediante la velocidad, la droga, la mentira ‑ el suicidio, dice Bruno Bettelheim son a menudo niños que no han podido soñar en la época en que eso les era indispensable. A quienes no les supieron leer a tiempo cuentos de hadas...

LA SOLEDAD DE UNO MISMO

LA SOLEDAD DE UNO MISMOO
ALFREDO MOFFATT
Trascripción de una conferencia Revista UNOS Y OTROS 1994

Escuchamos a Alfredo Moffatt en el XIº Congreso Latinoamericano de Psicoterapia de Grupo, realizado en Buenos Aires a fines de 1994. Me gustó y me pareció importante que se conociera. En función de eso, le pedí autorización para publicarlo en la revista UNOS Y OTROS , a lo cual accedió con gusto. Su intervención formó parte del Panel llamado ANTROPOLOGIA DE LA SOLEDAD. Alfredo Moffatt se presentó en el Congreso como especialista y estudioso de la locura y la pobreza.:

AM- Bueno… lo que se me ocurre es hacer algunas reflexiones con un estilo que tengo, el de pensar en el momento, sin haber preparado antes lo que voy a decir. ¿Qué ventaja representa esto? La de no repetir algo que ya me dije , y, además, como decía Pichon, hacer que pensemos juntos, él decía “co-pensemos”. El tema es la soledad, que lo pienso como algo esencial de la conciencia, inherente al ser humano, mientras que lo que veo como sorprendente es la posibilidad de comunicación.
La conciencia está cautiva, dentro del sí mismo, en ese mundo de imágenes , y sólo podemos superar ese cautiverio con estos sonidos que hacemos al hablar y que constituyen el lenguaje. Estos sonidos (fonemas), al ser decodificados por el que escucha, me permiten trasmitir mis imágenes internas, y con eso nos salvamos del aislamiento fundamental. También podemos hacer rayas (grafismos) en las paredes, o en los papeles, y con ellos adquirimos la ilusión de comunicarnos. Pero lo más íntimo, la imagen interna, la emoción, el detalle de lo que estamos viviendo, no podemos trasmitirlo, así que hay una soledad esencial que es viejo tema existencial de la separatidad humana.
Darse cuenta de esto, causa angustia, pero, al mismo tiempo , puede servir como punto de arranque para entender qué es esto de la locura, porque la locura tiene que ver con una interrupción en la comunicación, esa trasmisión de sonidos, y volvemos a quedar atrapados en nuestras imágenes internas, que son caóticas. También cuando dormimos estamos impedidos de comunicarnos, porque se apoderan de nuestra mente lo que llamamos sueños, o pesadillas, o sea la profunda intimidad de la conciencia, porque al dormir desaparece el otro.
En relación a la conciencia cautiva, hace un tiempo me di cuenta, con cierta sorpresa, de que hace setenta años que estoy encerrado dentro de mí. Yo creía que estaba con los otros y me di cuenta de que, en última instancia, siempre estuve conmigo. Siempre estamos dialogando desde un desdoblamiento. Si estamos solos y nos preguntan “¿Con quién estás?” , contestamos “Estoy con-migo.” Incluso morirse es separarse de “migo”, después de estar tantos años juntos, y es como decir “Chau, migo…”. Esto es terrible de señalar, pero es algo que más vale compartir, porque cuando lo compartimos estamos menos solos.
Es un tema esencial de la filosofía esto de “conmigo o sinmigo”, que siempre nos hace recordar al pobre Herminio Iglesias, ese Hamlet del subdesarrollo que nunca fue comprendido en toda su capacidad filosófica, y fue quien dijo esa frase esencial. Que es la misma del Hamlet shakespereano, cuando dice “Ser o no ser.”, que es tener o no un núcleo yoico( un migo).
El esquizofrénico se pierde a sí mismo , y esto le da terror, por eso construye un delirio, que es una realidad subjetiva personal con restos de su memoria infantil. Nosotros también deliramos, igual que un loco, sólo que todos deliramos con un mismo delirio, que es lo que llamamos “la realidad”, y también lo que consideramos objetivo como la realidad social es una ilusión compartida , como , por ejemplo, el de creer que esta es la Facultad de Psicología, que son las once de la mañana, que estamos en un Congreso, y que yo soy un profesor y me llamo Moffatt. Esto es un acuerdo de realidad que, si se rompe, quedamos nuevamente aislados, y por lo tanto, la realidad desaparece , y si desaparece la realidad, desparecemos como individuos sociales.
Yo soy dentro de esa realidad como yo social, pero, íntimamente, me veo ser o representar un personaje en ese teatro social, y ese rol o personaje es imprescindible para mi identidad. De todos modos, el personaje hacia afuera , el yo social, debe dialogar con el yo íntimo, que es ese “migo” , o “self” (para los ingleses), o “lui-même” (para los franceses), que al ser el núcleo profundo de nuestra identidad, es tan invariable como nuestro rostro o nuestro ADN. Si uno no mantiene ese diálogo interno, no puede transformarse en el viaje de la vida y seguir siendo el mismo.
En cambio el psicópata, que carece de intimidad yoica, y por eso decimos que resbaló para afuera, carece de diálogo interno , puede cometer atrocidades porque no conoce ni la culpa ni la depresión , sentimientos que dependen de la existencia de ese núcleo yoico. Su simétrico es el pobre psicótico, que es puro núcleo yoico, sin existencia social, del que podemos decir que resbaló para adentro y allí quedó atrapado. Son como dos personajes sin identidad, sólo que uno va a parar al manicomio (el psicótico) y el otro (el psicópata) es el que crea los manicomios.

Como se ve, este tema de la soledad es, cuando menos, inquietante, pero hay otro problema que más vale que les mencione: tampoco existe la comunicación si no la hacemos existir, no existe de por sí y tampoco existe el tiempo si no lo hacemos existir. Porque cuando estamos en la intimidad de nuestra conciencia, no hay más ayer ni mañana, y, por lo tanto, no hay secuencia, y entonces no hay historicidad. Es un presente sin sentido que no trascurre, y eso es lo que testimonia el esquizofrénico en brote, cuando dice, aterrado, “Yo no sé quién soy”, y dice “Se paró el tiempo”, mirando su reloj que ya no marca las horas. El se mueve, camina, pero no sabe quién camina, tiene la vivencia de inexistencia, de muerte psicológica, y por eso, rápidamente, genera un delirio en el que , aunque el marciano lo persigue, y si lo persigue, es porque lo mira, y si se siente mirado, vuelve a existir, pero ya encerrado en su delirio.
Entonces, cuando quedamos solos, quedamos también sin historicidad, porque ¿qué sucede, quién nos rescata de esto?. Nos rescata el otro que es distinto a nosotros, y entonces nos propone una pelea, un conflicto, que a veces dulce, porque el amor es una pelea dulce, mientras que el odio es una pelea amarga, pero es un conflicto, y ese conflicto tiene sucesivos estados que producen una historia, porque vivir es la historia de un largo diálogo, una sucesión de interacciones que están enganchadas de manera tal que podemos decir “ayer y mañana”. Y esto es lo que configura la posibilidad de existir, que es eternamente saltar de ayer a mañana. Uno existe porque va hacia algo. El futuro es inquietante y eso es la sal de la vida, el yo está arrojado a la sorpresa.
La comunicación es posible por la creación de símbolos, la palabra se basa en una idea tan elemental como la de sustituir un objeto ausente por un sonido (fonema), que luego dio lugar a la civilización y nos separó definitivamente de los animales. Esa idea tan simple y tan fecunda, como es eso de crear “el fantasma del objeto ausente”, evocando al objeto con sonidos y grafismos. Esto nos permitió jugar a la magia, como un juego de omnipotencia. Yo, en este momento, estoy trayendo imágenes, podría recitar un poema, y si soy bueno, hacerlos llorar, o excitar si el relato erótico, todo sólo con emitir sonidos.
Esto nos rescata del encierro de la conciencia cautiva y además el diálogo genera movimiento, permite memorar el pasado e imaginar el futuro, es decir, crear el tiempo, organizando el caos de la percepción. Recordemos que los dos grandes síntomas de la enfermedad psicológica son la soledad y la confusión, desde donde volveríamos a esa conciencia arcaica, anterior a la creación del lenguaje, que no tenía comunicación ni tiempo.

Si no puedo hacer ese intercambio de sonidos que llevan y traen imágenes y me permiten compartirlas, y que, a veces, son terroríficas, quedo con todo ese mundo caótico en mi cabeza. Entonces me confundo y me enfermo. Para sostener mi identidad , el otro no debe ser otro cualquiera, sino otro que contenga historia nuestra, entonces, cuanto más historia con el otro compartimos, más proyecto nuestro compartimos. Por eso duelen las separaciones, especialmente las de pareja: cada armaba su vida en relación con el otro, y en la separación queda con la mitad del proyecto que no sirve para caminar la vida. Cuando mueren los padres, no sólo mueren los padres, muere nuestra infancia porque ellos son los testigos de nuestra infancia.
En ese sentido, la psicoterapia tiene la función de la reconstrucción de la comunicación, lo cual no es nada nuevo, y, especialmente, el compartir las imágenes más regresivas, que son las menos “apalabradas”. Las imágenes vienen “crudas”, la realidad produce hechos, y esos hechos se guardan por la rara propiedad de la conciencia de generar un recuerdo, ese extraño fenómeno de la memoria, y guardarlo como imágenes que deben estar “apalabradas”, categorizadas con las palabras. Estas palabras, después, permiten la circulación de esas imágenes y organizar esa realidad, que si no, sería caótica. La realidad es absolutamente caótica, pero gracias a la cultura podemos ordenarla de modo de poder prever, con otros, un movimiento en el cual nos vamos a encontrar más adelante y decir: “¿Vamos a hacer tal cosa?”, con lo que podemos configurarnos hacia adelante y percibir el vivir, como continuidad, y la terapia es eso, es rescatarlo de esa soledad y esa confusión a través de un primer proyecto que es el querer curarse. Para el terapeuta, esta tarea es difícil, porque al que perdió la comunicación le fue mal cuando se comunicó. Tiene el teléfono roto, entonces, le preguntamos algo, y no nos va a responder. Un terapeuta ingenuo le hace preguntas, pero él, justamente, está loco por haber perdido la palabra, de modo que hay que buscar otras formas más analógicas de comunicación que, a veces, tienen que ver con lo gestual, lo corporal, lo contextual, con objetos intermediarios, también con la comida comunitaria, la música, etc.
También debemos usar un idioma que usan los delincuentes y los esquizofrénicos, los cuales “hablan“ con lo que hacen, cómo se mueven, por el uso de objetos significantes, lo que Winnicott llama objetos transicionales. Es un lenguaje de acción, que los pibes de la calle y los marginales también usan. Entonces, empleando esto, podemos restituir la comunicación, llegando finalmente a la palabra, a partir de lo cual generamos un proyecto, que es curarse, salir de la soledad y la confusión.
En realidad, cuando uno dice pato, gato, casa… cada uno que escucha visualiza en su conciencia el pato genérico, pero con características que corresponden a su pato interno: un patito para jugar, un pato para comer, un pato nadando… porque el pato objetivo, real, no existe, existen los datos subjetivos . Por ejemplo, ahora, hay ochenta personas, o sea hay ochenta modos de percibir esto, por lo tanto, hay ochenta conferencias.
También, si todos al mismo tiempo, cerramos los ojos, este salón desaparece. Me acuerdo de un maestro zen que decía: “si se cae un árbol en un bosque donde no hay nadie, ¿qué sonido produce?”, entonces el sonido existe solamente si alguien lo escucha.
Bueno, esto de que la realidad no exista objetivamente, pues es sólo percibida por subjetividades, es un viejo problema filosófico. El filósofo Berkeley es uno de los representantes de la concepción Solipsista, que sostiene que el mundo objetivo es una ilusión.
El loco dice: “siento que la realidad no existe” y el terapeuta puede contestarle: “Escuchame, flaco…, ¿recién te das cuenta?... Pero te voy a vender algo que se llama la “realidad social” ,que es un acuerdo colectivo para que podamos interactuar, y que va a permitir que recorras tu vida junto con los demás “
Sí… “la vida es un buzón”… es una ilusión que te venden…pero si la comprás funciona igual que aquel buzón del cuento. Así que la terapia, en el fondo, es “vender buzones”, el buzón de la vida… que, de todos modos, es una agradable ilusión que nos permite disfrutar de la aventura de vivir.

Entre algunas risas, ruidos de sillas, y toses de parte del auditorio, cosas que suelen provocar sus intervenciones, Moffatt finaliza con una suave sonrisa de muchacho bueno que hizo algunas travesuras donde no debía. Después de dejarnos pensando un poco, comenzaron las preguntas.

LA MUERTE Y LOS DUELOS

LA MUERTE Y LOS DUELOS

Este tema es muy delicado, porque en nuestra cultura occidental es temido y negado. La muerte es considerada sólo un accidente inesperado que es necesario ocultar. Pero sin embargo es la que condiciona toda la vida, la creatividad, el arte, todo lo que hace soportable la circunstancia ineludible de la finitud.
Otro tema ligado a la muerte es el duelo de quien se queda, porque cuando alguien muere estamos obligados a elaborarlo. Recordar todas las circunstancias vividas con aquel que ya no está y reconstruir la historia del ausente. En adelante, a esa persona la guardaremos en nuestra mente y a ésto se llama introyectar al muerto.
El pasado y el futuro son los dos espacios de lo imaginario. El pasado siempre es añoranza porque se nos va lo que conocemos, como por ejemplo, nuestro cuerpo chiquito de la infancia o nuestros padres. Siempre estamos perdiendo algo y tenemos que acostumbrarnos a ello y a despedirnos, o sea, a elaborar duelos, no sólo de las personas, sino de las cosas. El trabajo de duelo es una función básica. Un depresivo se puede definir como la persona que no aprendió a despedirse, a decir “Chau, mi cuerpo infantil” o “Chau, mamá”. También hay despedidas extremadamente dolorosas, como ese chau que viene a contramano: “Chau, hijo mío”.Tenemos que aprender esta ceremonia de la despedida, que es el duelo. He viajado mucho y a lugares extraños, he estado con indios en el Amazonas, en Estados Unidos, en lugares muy marginales como el Bronx y más tarde en la India. En estos lugares percibí las distintas formas de resolver los duelos.
El duelo principal es el de un vínculo y tal vez, el más doloroso, sea el de la pareja, que es muy difícil porque quedamos reducidos a la mitad, ya que nosotros existimos dentro del vínculo como una mitad. El vínculo es lo que da sentido a las cosas, por ejemplo, la casa donde vivíamos con la otra persona, el barrio, la confitería donde íbamos, todo pierde sentido sin esa persona. En los primeros momentos, el duelo se convierte en motivo de consulta al pedir ayuda psicológica, la muerte también es un momento agudo para el que queda vivo.
Conceptualmente, hay dos tipos de muerte: la inesperada y la anunciada. La muerte anunciada como es el caso de una enfermedad terminal, ayuda a la elaboración del duelo, la muerte inesperada, como un ataque cardíaco, por ejemplo, deja pendientes muchos diálogos y explicaciones que no se pudieron resolver y cuantos más sean éstos, más difícil será el duelo. En este caso, una forma de ayudar en terapia, al que hace el duelo, es evocar imaginariamente a la otra persona, generar las condiciones para que pueda dialogar con ese otro que tiene adentro, el que está introyectado en él. Así, podemos hablar con un padre muerto, un esposo o una esposa, porque los llevamos adentro.
Hay instrumentos para ayudar a hacer eso, como el “ensueño dirigido”, donde el paciente está relajado, con los ojos cerrados, en un lugar muy silencioso y se le induce a que aparezca la imagen del ser querido desaparecido, entonces comienza un diálogo, a veces, con voz entrecortada, mientras el terapeuta acompaña, ayudando en ese difícil encuentro con el que ya no está, esto existe en todas las culturas, en todas hay rituales para hablar con los muertos, de una manera u otra.
Insisto: la elaboración de un duelo es la elaboración de una despedida, ya que siempre tenemos pendientes cuentas, reproches o perdones que no nos dijimos. Y si eso no se resuelve, el que murió queda vivo, como “fantasma”, porque “está y no está”.
Entonces, lo que hace el duelo es enterrarlo, ya que los muertos se entierran con palabras en el corazón, sólo el cuerpo se deja en la tierra. Simbólicamente, la losa del sepulcro tiene un significado antropológico, es algo pesado que impide que el muerto vuelva, porque en lo interno, el muerto vuelve si uno no lo elabora. Los cementerios sirven para que nosotros vayamos a visitar a nuestros muertos, si no, los muertos nos vendrían a visitar a nosotros.
Después de la muerte, el que queda, pasa por varias etapas. Primero viene la sorpresa o el desconcierto y luego la negación. Y esa negación termina recién cuando uno, dentro de sí, hace el trabajo de duelo, se despide y construye imaginariamente a esa persona interna.
Por eso, todas las culturas tienen una ceremonia que es el funeral, en especial las culturas primitivas, más sabias y ecológicas, que tienen una buena relación con la muerte, mientras que las tecnológicas, como la nuestra, tienen ceremonias muy pobres, muy breves, como para terminar pronto y olvidarse. Antes, el velatorio se hacía en la misma casa donde había vivido el muerto, eso era importante, porque era en esa casa donde no iba a estar más, esa escenografía permitía que la despedida fuera honda, permitía el llanto y que cada uno contara algo del “finadito”, es decir, que se hiciera un constructo imaginario de esa persona.
Pichón daba mucha importancia a este tema de la muerte, era un “enamorado de la muerte”, un melancólico grave, pero murió en paz, porque tenía muy buena relación con la muerte, cosa que tengo yo también, gracias a él (espero seguir teniéndola cuando ella esté más cerca…).
Actualmente, la familia va a una funeraria, y les dan, por ejemplo, el “3º B”, un departamento anónimo (casi como un albergue transitorio para muertos). Los deudos no hacen nada, no participan como los de antes, que cavaban, construían el cajón, o tenían alguna tarea en la preparación del cadáver, como vestirlo o amortajarlo.
Aquí y ahora, todo lo hacen empleados que ni conocieron al muerto, luego los deudos están diez minutos, toman un cafecito y se van.
A causa de haber querido “hacerse el vivo” con la muerte, el que se queda no la elabora, y pasa años en el diván de un psicoanalista trabajando el tema en larguísimas cuotas.
En cambio, los llamados salvajes del Amazonas, cuando muere alguien, hacen unas ceremonias hermosas llenas de sentimiento y respeto. Hacen un lío bárbaro, se pintan con cenizas, se tiran al suelo, lloran días enteros, algo muy profundo. Antes de la semana, levantan al muerto, lo ponen en una canoa y lo empujan por el río, con comida y cubiertos, para que vaya a la ciudad de los muertos y al finalizar la semana terminan, se bañan y quedan en paz, porque pagaron al contado.
Esa es una cultura que elabora correctamente el tema de la muerte, mientras que la nuestra no lo hace bien. En realidad, los salvajes somos nosotros.
En la India, donde la vida y la muerte están muy mezcladas, he visto una elaboración muy importante. Dicen ellos que cuando uno muere en realidad empieza a vivir de otra manera. Un hindú me dijo (en un inglés hinduizado):”Ustedes los occidentales son ricos y nosotros somos pobres, pero ustedes tienen una vida, mientras nosotros tenemos muchas.” (y yo, como occidental, me sentí pobrísimo). Y es cierto, porque nosotros, con toda nuestra riqueza, no elaboramos el tema más importante, ya que si uno mantiene los brazos abrazando a ese muerto-fantasma, que está y no está, no puede abrazar al vínculo que viene después. Y esto vale aunque no haya muerte, porque si la niña que se hace grande no puede despedirse de papá, no puede recibir al marido, que será su nuevo vínculo profundo. Por eso, en algún momento, tiene que poder decir:”Chau, papá… hola, marido…”.
Como se ve, los duelos están continuamente presentes en nuestra vida y si aprendemos a perder, aprendemos a adquirir. Este es un país que no aprendió eso, lo cual se ve claramente en nuestro tango, que es un duelo eterno, un duelo patológico con música. La mina se fue y el tipo está con la guitarra: “Percanta que me amuraste...” sin poder ver todas las percantas nuevas que lo rodean en el conventillo, porque tiene los ojos ocupados con la que lo dejó, de la que él todavía no aprendió a despedirse. El duelo normal, en algún momento se elabora, se deja de llorar, se retoma la vida y se supera la tristeza.
Pichón fue médico personal de Discépolo, que le contaba los secretos de cada tango que había compuesto, y con Pichón habían llegado a darse cuenta que el duelo de los tangos no es con “la mina que se piantó”, sino con la madre que no tuvo en su infancia. En aquella época, en los conventillos, donde vivía la gente muy pobre, había mucha tuberculosis, desnutrición y muchos elementos que contribuían a dejar a los niños solos, es decir, era muy común el traumatismo infantil por abandono prematuro, que es muy difícil de elaborar, porque cuando se produce la pérdida muy temprana de una madre, ese duelo deja una experiencia de tristeza que no se termina de elaborar nunca.
En una institución psiquiátrica donde trabajé conocí a un paciente cuya madre se había muerto cuando él tenía cuatro años, su padre se había deprimido y él había quedado en un duelo congelado, lo cual le había acarreado trastornos de miedo patológico a la muerte, porque el padre no había podido ayudarlo a llorar. Uno de los instrumentos valiosos que la naturaleza nos dio es el llanto, que al ser convulsivo, relaja la musculatura, porque la muerte produce miedo-contracción, y como el llanto afloja, lo que hay que hacer es llorar plenamente para aflojar la contracción muscular y disminuir la angustia.
Si no se elabora el duelo, es probable que se produzca una somatización, lo colocamos en un órgano del cuerpo, o sea que lo depositamos psicológicamente. Por ejemplo, alguien que tiene una madre agresiva, cuando ella muere, puede comenzar a sufrir de úlcera, porque puso a la madre en el estómago (madre-alimento), es decir que la introyecta sin elaboración dialógica. En este caso la terapia es ayudarlo a ir hacia atrás, al momento de la separación, para poder resolver las situaciones conflictivas con esa madre, y lo curioso es que esto se puede hacer aún después de mucho tiempo, con instrumentos que nosotros llamamos “máquinas del tiempo”, que son el psicodrama y el ensueño dirigido, que permiten revivenciar con toda la conmoción emotiva, aquel traumatismo de desencuentro, de preguntas, de reproches y poder “pagar” aquella cuenta de dolor que teníamos pendiente.
Cuando yo era chico, la ceremonia que rodeaba a la muerte era imponente, siniestra, como siniestra es la muerte: se realizaba en la casa, inundada de coronas que daban ese inconfundible olor a velorio, se usaban carrozas enormes con caballos negros y participaba todo el barrio. “¡Se murió doña Pepa…!” y todos iban y los deudos lloraban abiertamente con los demás en una ceremonia de llanto y abrazos compartidos. Luego se llevaban el muerto, se hacía el entierro, se limpiaba la casa y con esta ceremonia grupal se había exorcizado a la muerte.
En cambio, nosotros, como ya dije, en las grandes ciudades, vamos a esas casas velatorias asépticas y burocráticas y en un ratito liquidamos todo, y volvemos a nuestro departamento donde el muerto va a estar presente en cada rincón que compartimos con él, porque no hubo una ceremonia que permitiera la despedida en el escenario de la vida cotidiana. Engañar a la muerte sale caro.
Otra situación siniestra que solía darse antiguamente: moría un niño y el médico recomendaba a la madre que tuviera otro hijo y a éste, muchas veces, le ponían el mismo nombre, con lo cual el niño debía cargar con el fantasma del hermanito muerto.
Trabajando en EE.UU. con mi profesor, el doctor Angel Fiasché, me contó el caso de un niño que decía que, de noche, veía un esqueleto que se le acercaba, con lo cuál se pensaba en un proceso esquizofrénico. Investigando a la familia, había descubierto que era el caso que mencioné antes, y que la familia había querido sustituir al muerto con ese niño, creyendo así, engañar a la muerte. Entonces, Fiasché les dijo a los padres que tenían dos caminos: o elaboraban el duelo de ellos con aquel nene muerto, sin hacer la trampa de usar al niño vivo como sustituto, como un clon, o tendrían un hijo esquizofrénico. Y lo que el niño decía con esa alucinación del esqueleto que veía a la noche era “Ese cadáver no soy yo”, o sea que, con la alucinación, se sacaba el esqueleto de encima. En última instancia, el niño “deschavaba” la trampa de los padres.
Un pueblo que resuelve bien el tema de los duelos es un pueblo más sano, pero para eso tienen que estar todos juntos. En Bolivia, las ceremonias son fuertes, con esa concepción indígena que es mucho más sabia que esta cultura nuestra tan injusta, tan enferma y que produce tanta soledad. En ciudades como Buenos Aires, hay millones de personas solas en la selva de cemento, encerradas en sus departamentos, absorbiendo la papilla virtual de la televisión.
Tenemos que recobrar la cultura criolla que es más sabia. En el campo, cuando alguien muere, de entrada, le dicen cariñosamente “el finadito” y hablan durante un tiempo de que el finadito hizo esto, hizo lo otro. En los velorios, siempre “el finadito era bueno”, porque el duelo consiste en introyectar al muerto, es decir comérselo según Freud, y nadie quiere comerse un finado malo que luego “le retuerza las tripas”. Esto es exactamente lo que pasa cuando los conflictos pendientes, no elaborados con el muerto (culpas, reproches, rencores, etc.) producen somatizaciones gástricas (úlceras), genitales (impotencia), respiratorias (asma), etc.
Hay un tema que nos defiende de la muerte, y es el amor, es lo único que puede enfrentar a la muerte. La muerte y el amor son antagónicos, lo cual tiene que ver con que yo existo porque otro me mira, y si ya no me mira yo no existo más. Además, yo no muero del todo, si alguien me recuerda. En Madrid leí el lema de un escudo que decía: “Vivir se debe de tal suerte, que vivo se permanezca en la muerte.”
Recuerdo que, una vez, unos alumnos me trajeron a su madre, viuda recientemente. Era una señora muy razonable, pero que en ese momento, se había obstinado en que no quería enterrar a su marido fallecido repentinamente (de un ataque cardíaco en la calle). Quería conservarlo con el cajón sobre su cama haciéndole una ventanita en la tapa para poder verlo. Charlé con ella, muy calmadamente, y le dije:” ¿Para qué querés tenerlo en el cajón? No te va a servir para nada, porque enseguida se va a empañar el vidrio por dentro y ni siquiera vas a poder verle la cara. Además, va a ser todo un engorro administrativo”. La clave de esta necesidad extraña, me la develó ella misma: ”Durante treinta años, nosotros hablábamos largamente antes de dormir. Y ahora, ¿cómo hago?”. Entonces le pregunté: “¿Tenés un buen retrato de él? Bueno, hacele un lindo portarretrato y ponelo sobre la mesita de luz, y todas las noches podés hablar con él. Al cabo de un tiempo, ni vas a necesitar el retrato, porque lo vas a tener adentro de tu corazón”. Es decir, que lo iba a introyectar (parece que la terapia fue demasiado exitosa, porque al cabo de un año, se volvió a casar…).
Algunos dicen que al producirse un vacío, sobre todo en una separación no deseada, como la muerte, es necesario tapar de algún modo ese agujero. Yo pienso que sí, pero primero resolver el duelo, despedirse del que se fue y estar preparado para recibir al que viene.
Es muy peligroso sustituir, porque se le va a pedir al nuevo que sea el otro, y como no es el otro, esto va a llevar a la frustración del “no sos el que yo pensaba…”. Esto pasa muchas veces en las sucesivas parejas.
En la infancia, los duelos son muy difíciles para los niños pequeños. Cuando a los cuatro o cinco años queda sin padre o sin madre, si el que quedó le permite hacer el duelo, abrazándolo, haciéndolo llorar, no es tan patológico. Pero sí lo es, cuando el que quedó no puede contenerlo, el niño no puede llorar solo, necesita la contención de un adulto para apoyarse, para no desarmarse en el desconcierto.
Hay que llorar con otro, el duelo es un fenómeno grupal. En Estados Unidos la muerte está muy negada, y así les va… La despedida es mínima: van, espían de lejos y se van. Está mal vista cualquier expresión corporal y el llanto. Por eso las series norteamericanas están llenas de muerte, pero eso no sirve para elaborarla, porque en las películas siempre se mata al otro, nunca muere el protagonista, lo cual sí sería una elaboración, porque el espectador se identifica con el protagonista y con eso se conectaría con su propia muerte. Pero en nuestra cultura occidental, negadora de la finitud, el tema de la muerte no vende.
Recuerdo que en una profunda crisis mía, en la que me sentía solo y viejísimo, de pronto me di cuenta que la muerte, en realidad, es una despedida de uno mismo, es “Chau, Alfredito…, tantos años acá adentro, hablando entre los dos… nos vamos a separar para siempre”. Morirse es separarse de sí mismo.
Pero la vida es tan insolente, tan potente, que vuelve otra vez, porque el psiquismo tiene recursos de la cultura para asegurar le sobrevivencia del yo. La vida y la muerte deben coexistir, porque si no pensamos en la muerte no sabemos que estamos vivos y nadie está más contento y más vivo que el que alguna vez casi se murió.
Pichón Rivière cada tanto se moría, tenía un ataque y después resucitaba. Una vez me contó que los alumnos de su escuela le reprochaban el hecho de que no se muriera, que parecía que se moría y no se moría, y después volvía a la escuela y no les dejaba hacer el duelo. En uno de esos ataques en el que yo lo acompañé, estaba todo entubado, en el Hospital de Clínicas y le dije, repitiendo una broma frecuente entre nosotros: “Dale, Enrique, decí tus últimas palabras”. El se corrió los tubos de la boca y dijo: “La vida… vale la pena vivirla”. Ese día, que era de sol, yo salí a la calle y sentí que si él, que estaba allí, en ese estado, decía eso, yo debía agradecer el estar vivo.
Otra frase fundamental de Pichón era: “La muerte está tan lejos como grande sea mi proyecto”. O sea, si yo no tengo una esperanza, un proyecto de vida, estoy muerto. Trabajo mucho con pibes muy pesados, pibes chorros, quienes dicen: “Yo sigo hasta que me bajen, porque estoy jugado”. Es decir, yo ya morí, no tengo posibilidades de laburo, no tengo nada, estoy destrozado, la cana me busca, no me importa morir porque no tengo un por qué vivir. Y Pichón murió a los setenta años, joven como un muchacho, claro que a él la vida le había dado oportunidades y a estos pibes no.
En el fondo del manicomio habíamos hecho una comunidad con los compañeros internados, fue una experiencia muy combativa, en el tiempo de Cámpora y una vez, casi tomamos el hospicio. Era la República de los Locos, donde había dignidad para ellos. Al empezar la reunión izábamos la bandera, cantábamos el himno, éramos ciudadanos y había que redefinir quién estaba loco y quién no, porque ya el guardapolvo blanco (el que usaba el psiquiatra) no servía para distinguir loco-sano. Por ello, los psiquiatras nunca llegaban al fondo, porque era territorio liberado. Y los locos, que antes parecían zombies, allí estaban vivos, habían revivido porque habían comenzado a dialogar y tenían un proyecto, que era construir el pueblito de la República de los Locos. Fue una experiencia hermosa, pero cuando vino la dictadura militar inmediatamente nos disolvimos, éramos considerados subversivos psiquiátricos. Cuando terminaba el proceso volvimos con la Cooperanza.
Después hicimos el Bancapibes, con pibes de la calle, que llegaban con el alma congelada, y al construir entre todos una comunidad de tareas y afectos comenzaron a descongelarse, a querer la vida y ya no esperaban la bala policial como algo inevitable.
Haciendo el análisis del tango “Malevaje”, vemos que habla del guapo que no tiene miedo de morir, que se juega todo. Pero que cuando conoció a una mina que “pasaba con un compás tan hondo y sensual…” el tipo se enamoró. Y luego se queja porque después de eso, había cambiado tanto que un día en que lo habían desafiado a pelear, había huido, no había querido arriesgarse a caer preso o morir, ya que eso le hubiera impedido vivir su amor. O sea, el amor nos hace querer la vida porque nos erotiza el futuro.
Víctor Frankl, un psicólogo que estuvo en campos de concentración, creador de la Logoterapia, una terapia de enfoque existencial, lo primero que les preguntaba a los pacientes que iban a su consulta era: “Usted, ¿por qué no se mataría…?” Y con eso lo obligaba a reflexionar y a enfrentarse con lo que le impedía querer morir, o sea con lo que lo ataba a la vida. Es decir, al paciente le hacía oponer la vida a la muerte.
Allá en la India creí adivinar que la muerte está incluida en la vida, tal como aquí en el campo, porque tienen una concepción circular de la existencia, mientras que nosotros tenemos un concepto lineal que niega el final, y por lo tanto nos aparece, a veces, la profunda inquietud frente a ese final ineludible.
Con el amor y el trabajo enfrentamos la muerte. Una vez le preguntaron a Freud qué era la salud y respondió:”Amar y trabajar”. Con esas dos piernas, yo puedo recorrer ese camino tan extraño que es el existir. Pero si me quitan el trabajo, como sucede con la desocupación actual, yo quedo rengo, y si con eso pierdo la familia, quedo tirado, entro en depresión y no quiero vivir.
Cuando hago un grupo con desocupados y me dicen “¿Qué hacemos, Alfredo?”, yo digo: “Vayan a pelear, a protestar, a quemar… ¡Armen lío, muchachos!” Y eso les sirve porque les da un proyecto, aunque sea desde la bronca, porque si se quedan quietos se deprimen.
En el tiempo en que los jubilados iban a protestar al Congreso, yo estaba en relación con PAMI, y veíamos que los viejitos que se quedaban en casa tenían más problemas psicológicos que los que iban a pelear al Congreso, porque la pelea es vida, y la pelea puede ser de amor o de odio, que es amor podrido. Mi hijo, que es biólogo, dice que en biología hay una ley fundamental: “todo organismo que no está en conflicto con su medio, está muerto”. O sea que la vida es conflicto, si peleo estoy vivo.
No se puede hablar de la muerte sin hablar de lo contrario. Sabemos que el día es el día porque existe la noche, y sabemos que la vida es lo contrario de la muerte, a tal punto que podríamos decir que la muerte no existe, que es sólo la ausencia de vida. Si no fabrico la vida, sucede lo que hay detrás, la muerte. La vida es figura, la muerte es fondo, como en la termodinámica, que tampoco existe el frío, sino sólo la falta de calor. A veces, desgraciadamente, cuando el vínculo no es amoroso, la gente se une a través de la pelea. Si no nos amamos, nos odiamos porque lo que más tememos es quedar solos.
Las drogas y el alcohol son formas tecnológicas de tapar la muerte artificialmente. Yo he hecho la experiencia de consumir una droga psicoactiva que se llama “wachuma”, en Perú, que los indios toman juntos y hacen un viaje hasta el principio de la vida, y también a los extremos de la muerte, allí me di cuenta de que estaba en el medio de algo, del existir.
En cambio, la droga que se está dando a los jóvenes es terrible. La cocaína es muerte, ya que induce sólo a la acción pero no abre la cabeza. Para los muy pobres, el Poxi-Ran o ahora el paco que les quema las neuronas y los mata en seis meses. Una vez le pregunté a uno de los chicos por qué se drogaba y me dijo:” ¿Qué querés, que me vuelva loco?... yo duermo donde vos caminás”. Era casi como decirme: “dame una casa y yo dejo el Poxi.”.
Fui Director del Asilo de Mendigos de la Municipalidad de Buenos Aires. Claro, la única vez que acepte un cargo público fue en el lugar más marginal, como corresponde, ya que la marginalidad me atrae. Hay mucha vida dentro de esa muerte, hay mucha riqueza existencial. Un croto viejo me dijo: “Señor Director, usted habla de la psicología, pero, ¿usted sabe cuál es el diván de los pobres?: el cartón de vino, porque nos quita el hambre, el frío y la tristeza”. Entonces, yo, ¿cómo puedo decirle a uno que está tirado bajo el puente “No tomés”, si no le estoy dando comida, calor y contención? Y los pibes ¿por qué se drogan? Porque no tienen destino. Estamos haciendo un genocidio a futuro, porque los pibes son el futuro.
En la Argentina actual, estamos rodeados de muerte. El hambre y la miseria no se pueden aguantar, no se puede llevar la desesperación de un pueblo hasta tal punto, sin que suceda una explosión social, que termine con la injusticia. En los sectores pobres, donde el hambre hace estragos, sin embargo, hay solidaridad.
Estamos rodeados de muerte, sí, y por eso yo imagino que si la situación llega a ser totalmente inaguantable, esta etapa histórica tan dolorosa, de nuestra Argentina, puede terminar para dar lugar a un nacimiento. Pero el parto siempre tiene algo de sangre, que ojalá sea poca. Entonces, algo tiene que pasar, porque el hambre lleva a extremar los mecanismos de sobrevivencia y por eso no hay nada más peligroso, para un sistema corrupto, que un pueblo desesperado. Los pobres no van a aceptar su destino de marginalidad extrema, sino que van a dar batalla como históricamente lo hicieron pueblos como el de Francia, en la Revolución Francesa, que produjo tres hermosas palabras: libertad, igualdad y fraternidad, con las que se quiso fundar nuestro país.
Volviendo al tema de la muerte, cuando se muere un abuelo “tano”, con toda la familia alrededor, es un mentiroso si dice que está angustiado, porque está rodeado de todos sus seres queridos, acompañado con abrazos y llantos. En cambio, en Estados Unidos, la muerte es espantosa, en terapia intensiva, solo, en medio de toda esa tecnología deshumanizada.
Quiero terminar con algunas recomendaciones para operar frente a una propuesta suicida.
Recuerdo un suicida, en una institución donde yo trabajaba, que quería tirarse desde el décimo piso y yo no sabía cómo hacer para que tomara conciencia de lo que se proponía. Entonces le dije “Mirá, si vos te tirás desde el décimo ¿qué pasa si en el quinto te arrepentís?” y allí vaciló porque se enfrentó a una duda, tomó conciencia de lo irreversible de lo que quería hacer y al dudar, me dio tiempo para engancharlo y tironearlo nuevamente hacia la vida.
Siempre que una persona, especialmente un adolescente, dice: ”Me quiero matar” hay que escuchar otra cosa: “Ayúdenme a vivir, que solo no puedo”. No es que quiere irse de la vida, lo que no puede es quedarse.
Cuando alguien se quiere suicidar le dicen “No te matés”, y lo que hay que hacer es preguntarle por qué, porque así se le da la oportunidad de contar lo que le pasa, y al contarlo se vincula, y al vincularse se engancha en la vida otra vez. Decirle “No te matés” es una orden negativa, de rechazo, pero en cambio, preguntarle “¿Por qué te querés matar?” es una propuesta positiva, que lleva al diálogo, al encuentro.
El tema es qué hacemos con lo que perdemos y no podemos recuperar, pero que queda como fantasma. ¿Qué hacer con los fantasmas? Cada uno tiene sus fantasmas. Las ceremonias del adiós, son las que permiten transformar el conjunto de experiencias vitales que tuvo con otra persona en su historia. Esa historia compartida, es lo que hay que incorporar. Cuando uno pierde a alguien, lo que queda es el conjunto de recuerdos que tiene con esa persona, se va el cuerpo pero la historia queda.
Quedan los recuerdos y también los conflictos de los recuerdos. En las muertes que dan tiempo para que, por ejemplo, el padre enfermo y el hijo dialoguen en el marco de una terapia, en la que se puedan resolver las culpas y los reproches, se evitará que posteriormente los conflictos no resueltos produzcan patologías en el hijo. Es un trabajo conjunto de “ajuste de cuentas”, pues todo vínculo es conflictivo. Esos diálogos de puestas al día de las cuentas, el pasado de facturas mutuas, son muy convenientes para que el moribundo haga el tránsito hacia su muerte con cierta paz, y la persona que queda viva lo recuerde mejor. Es el gran tema de las terapias terminales que ayudan a elaborar ese pasaje tan difícil que es despedirse de uno mismo, que en los últimos tramos es de mucha soledad, porque se muere como se nace: absolutamente solo.
Lo que sucede comúnmente es que la persona muere sola en terapia intensiva rodeada de aparatos. Muere solo, sin una mano, una mirada que humanice ese espanto. Es de una crueldad increíble que a una persona se le postergue artificialmente la muerte, muchas veces sólo por rédito económico.
Si alguien tiene un accidente, es correcto que se lo ponga en terapia intensiva. Pero a veces a algunos ancianos los ponen ahí y mueren solos, no en su casa rodeada de su familia, como es el planteo de la filosofía de cuidados paliativos, que es acompañar y humanizar la muerte.